martes, mayo 06, 2014

El nuevo número de Tierras Taurinas ya en mis manos

A quince kilómetros de Ciudad Rodrigo, río Águeda abajo, en el fabuloso yacimiento de Siega Verde, hace veinte milenios, un puñado de cazadores-recolectores grabaron sobre la pizarra la efigie de los toros salvajes que mataban en la vega del río. Más tarde, 500 años antes de nuestra era, también a quince kilómetros de Ciudad Rodrigo, pero río Águeda arriba, un monumental verraco, parecido a los de Guisando, velaba sobre el castro vetón de Irueña, en el mismo lugar donde sigue hoy, aunque partido en tres trozos y envuelto por la maleza.

Basta viajar por la comarca mirobrigense, para comprobar que aquellos mismos toros siguen existiendo en la actualidad. Incluso embisten mejor, ya sean los aldeanuevas del maestro Pedrés, los que crían los hermanos Sánchez Herrero, los del Risco, los ybarras de Sayalero y Carreros, los jandillas de Rafa Cruz o los santacolomas de los herederos de Juan Mateos.

Paseando por las estrechas calles de esta ciudad cargada de historia, uno se percata que su esencia mana de los toros del Carnaval. Si quedaba alguna duda, tras seguir la huella dejada por Navalón en Fuentes de Oñoro, ahondar en las andanzas de Conrado o escuchar cómo José Ramón Cid Cebrián cuenta la leyenda de Julián Sánchez «El Charro», comprobamos que, a lo largo de veinte milenios, el toro ha sido el referente obligado de cuantos han recalado en esta comarca tan taurina. ¡ Incluido el propio Duque de Wellington !.



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