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martes, diciembre 05, 2017
Cuevas de Altamira ( Rafael Alberti)
De repente, unos ocultos reflectores se prendieron. Y, ¡oh maravilla! Estábamos ya en el corazón de la cueva, en la oquedad pintada más asombrosa del mundo. Recostados sobre las grandes piedras del suelo, pudimos abarcar mejor, ya que es baja la bóveda, aquel inmenso fresco de los maestros subterráneos de nuestro cuaternario pictórico. Parecía que las rocas bramaban. Allí, en rojo y negro, amontonados, lustrosos por las filtraciones del agua, estaban los bisontes, enfurecidos o en reposo. Un temblor milenario estremecía la sala. Era como el primer chiquero español, abarrotado de reses bravas pugnando por salir. Ni vaqueros ni mayorales se veían por los muros. Mugían solas, barbadas y terribles bajo aquella oscuridad de siglos. Abandoné la cueva cargado de ángeles, que solté ya en la luz, viéndolos remontarse entre la lluvia, rabiosas las pupilas.
lunes, septiembre 28, 2015
"Pero quizás tú no sepas, Modesto, cómo acabaron mis pretensiones toreras" (Rafael Alberti)
Pero quizás tú no
sepas, Modesto, cómo acabaron mis pretensiones toreras. Tú conocías
muy bien a Manolillo el barbero, el de la calle Luna, gran
aficionado. A él se le ocurrió, una de las veces que me
trasquilaba, dejarme la coleta. De sus manos salí aquel día con un
pico de pelo, que me asomaba bajo la coronilla como la nariz de un
gran garbanzo. Al principio no se notaba, y sólo se lo confesé,
mostrándoselo con orgullo, a Benvenuti, que era quien más en serio
pensaba convertirse en matador de toros. A los dos meses, aquello
había crecido demasiado, obligándome a quitarme apenas la gorra y a
tapármelo en clase con la mano, adquiriendo así una forzada postura
de alumno pensativo bastante sospechosa. Pero al fin llegó el día
en que mi secreto lo iba siendo a voces. (... ) Y llegó la denuncia.
Fue en clase de francés. Un interno que tenía detrás. Descuido
mío. Una imprudencia de la mano que me servía de tapadera. El
interno (no recuerdo su nombre) tuvo que descubrirlo. Era demasiado
notorio, demasiado indecente aquel colgajo. ¡Horror! Una carcajada.
-¿Qué
significa eso?
-Mire,
padre Aguilar.
Éste
se levantó, severo, interrogante, pero sin descender del estrado.
-Explique
los motivos de esa risa.
-¡La
coleta de Alberti! ¡Mire, mire!
Gran
escándalo. La clase entera, de pie. Y la mirada del padre Aguilar,
dura, como un estoque, entrándome en el alma. La vergüenza creo que
me hizo enrojecer hasta las raíces del amenazado símbolo taurómaco,
que yo trataba de ocultar aún entre mis dedos temblorosos.
-¡Silencio!
-ordenó el profesor de lengua francesa.
Entonces,
Benvenuti, que se hallaba sentado junto a mí, sacando un cortaplumas
desafilado, mohoso, de esos que anuncian el coñac Domecq, me la
cortó de un terrible tirón inolvidable, lanzándola sobre la mesa
del padre Aguilar, quien con un irreprimible gesto de asco la arrojó
al cesto de los papeles. Ya sin coleta me sentí derrotado, viejo,
como ese lamentable espada cincuentón que sobrevive a sus triunfos”.
“La
arboleda perdida”, Rafael Alberti.
Vía: Antonio Pineda
miércoles, septiembre 23, 2015
Rafael Alberti
“¿Qué
verdadero niño andaluz no ha soñado alguna vez en ser torero? Daba
la espalda del colegio a un gran ejido de retamas, adonde iban a
pastar las vacas y torillos de mi tío José Luis de la Cuesta. A los
once años de edad, y sobre todo cuando se alimentan ilusiones
taurinas, se es ya todo un valiente. Íbamos unos cuantos, a la hora
del latín o las matemáticas -Luis Bootello, José Antonio
Benvenuti, Aranda...-, alumnos del segundo y tercero de bachillerato,
dispuestos a apartar un becerrillo o lo primero que se nos arrancara.
Juan Guilloto, aunque menor, nos acompañaba algunas veces; también,
de cuando en cuando, se nos añadía un gitano apodado «La Negrita»,
algo mayor que nosotros y que contaba con nuestra admiración por
haberse tirado al ruedo en una novillada y terminado en la cárcel.
(…)
Llegaba el momento de separar la fiera. Pero los zagales vigilaban.
Había, por lo menos, que distraerlos o eliminarlos de su custodia.
Momento peligroso. Los imberbes toreros nos íbamos acercando
separadamente al ganado, con los bolsillos cargados de piedras.
(…)
Como señal de ataque sonaba un silbido. Y, antes que los guardianes
pudieran defenderse, la pedrea diluviaba sobre sus desprevenidas
cabezas, obligándoles a correr o a tirarse por tierra para no morir
descalabrados y evitar de este modo la respuesta de sus hondas de
pita.
(...)
Cuando la corrida podía verificarse, consistía entonces en unos
desordenados chaquetazos, varios revolcones con pateaduras,
traducidos luego en indisimulables agujetas y negros cardenales.
Aquellos golpes y magulladuras, a pesar del callado dolor que nos
causaban, eran nuestro orgullo. Pensábamos en las grandes cornadas
de los famosos matadores, recibidas entre un delirio de abanicos y
aplausos por los ruedos inmensos. Y luego, las conversaciones ilusas,
los entusiastas comentarios. En ellos figuraban con insistencia «la
enfermería oscura de las plazas, el yodoformo, el paquete
intestinal, la gangrena, la rotura de femoral o la muerte instantánea
por choc (¡!)», palabras estas aprendidas de los revisteros
taurinos, pronunciadas a veces con más terror que valentía por el
misterio que encerraban aún para unos incipientes y vagos
estudiantes como nosotros”.
“La
arboleda perdida”, de Rafael Alberti.
Vía: Antonio Pineda
martes, mayo 13, 2014
Picasso en Vallauris (Rafael Alberti)
Y en la plaza, ante el toro que tocaba a Dominguín, surgió el primer conflicto.La corrida no era a muerte. La Sociedad Protectora de Animales lo prohibía. Gran consternación y grandísimos abucheos para algunos miembros de la Sociedad allí presentes. Crecía la pitada, mientras Luis Miguel no sabía qué hacer con el estoque en la mano. Pero... de pronto, ¡oh milagro!, Picasso, puesto de pie en mitad de su palco, agitando en mano un gran pañuelo, pedía a los protectores de la Sociedad concediesen la muerte del toro. Y así fue. Toda la plaza de pie, aplaudiendo, contempló cómo aquel toro lidiado por Dominguín, y haciendo de peón Domingo Ortega, caía de una estocada en el centro de la arena desde aquella pequeña improvisada plaza de Vallauris.Rafael Alberti -Aquí artículo publicado El País en 1988 "Las hormigas, el poeta , el pintor y el torero"_
lunes, abril 08, 2013
Sobre Picasso en el 40 aniversario de su fallecimiento
Picasso en Europa cumplía 80 años y a su llamada tú tenías que correr, pues iba a celebrarse en su honor, en una plaza improvisada en Vallauris, una corrida de toros, cuyos lidiadores serían Luis Miguel Dominguín y Domingo Ortega, muerto en estos días en Madrid, a sus 82 años? Gran corrida. En el palco de la presidencia, junto a Jacqueline y Jean Cocteau, estaba el gran pianista soviético Richter, mientras a la entrada de la plaza, sin poder entrar en ella, el alcalde de Málaga, venido expresamente para la corrida picassiana, gritaba a Pablo, ofreciéndole una enorme bandeja de boquerones: ¡Pablo, que ya no pueden aguantar más y se van a pudrir' ¡Déjanos entrar! ¡Son boquerones frescos de tu Málaga, Pablo!Y en la plaza, ante el toro que tocaba a Dominguín, surgió el primer conflicto.La corrida no era a muerte. La Sociedad Protectora de Animales lo prohibía. Gran consternación y grandísimos abucheos para algunos miembros de la Sociedad allí presentes. Crecía la pitada, mientras Luis Miguel no sabía qué hacer con el estoque en la mano. Pero... de pronto, ¡oh milagro!, Picasso, puesto de pie en mitad de su palco, agitando en mano un gran pañuelo, pedía a los protectores de la Sociedad concediesen la muerte del toro. Y así fue. Toda la plaza de pie, aplaudiendo, contempló cómo aquel toro lidiado por Dominguín, y haciendo de peón Domingo Ortega, caía de una estocada en el centro de la arena desde aquella pequeña improvisada plaza de Vallauris.Rafael Alberti ( "Las hormigas, el poeta, el pintor y el torero", artículo publicado en El País el 15/05/1988)
jueves, noviembre 06, 2008
Toros en Vallauris- Rafael Alberti-


Copio de un artículo de Rafael Alberti publicado en El País en 1988 y que lleva por título "Las hormigas, el poeta, el pintor y el torero" :
Picasso en Europa cumplía 80 años y a su llamada tú tenías que correr, pues iba a celebrarse en su honor, en una plaza improvisada en Vallauris, una corrida de toros, cuyos lidiadores serían Luis Miguel Dominguín y Domingo Ortega, muerto en estos días en Madrid, a sus 82 años? Gran corrida. En el palco de la presidencia, junto a Jacqueline y Jean Cocteau, estaba el gran pianista soviético Richter, mientras a la entrada de la plaza, sin poder entrar en ella, el alcalde de Málaga, venido expresamente para la corrida picassiana, gritaba a Pablo, ofreciéndole una enorme bandeja de boquerones: ¡Pablo, que ya no pueden aguantar más y se van a pudrir' ¡Déjanos entrar! ¡Son boquerones frescos de tu Málaga, Pablo!
Y en la plaza, ante el toro que tocaba a Dominguín, surgió el primer conflicto.
La corrida no era a muerte. La Sociedad Protectora de Animales lo prohibía. Gran consternación y grandísimos abucheos para algunos miembros de la Sociedad allí presentes. Crecía la pitada, mientras Luis Miguel no sabía qué hacer con el estoque en la mano. Pero... de pronto, ¡oh milagro!, Picasso, puesto de pie en mitad de su palco, agitando en mano un gran pañuelo, pedía a los protectores de la Sociedad concediesen la muerte del toro. Y así fue. Toda la plaza de pie, aplaudiendo, contempló cómo aquel toro lidiado por Dominguín, y haciendo de peón Domingo Ortega, caía de una estocada en el centro de la arena desde aquella pequeña improvisada plaza de Vallauris.
Y en la plaza, ante el toro que tocaba a Dominguín, surgió el primer conflicto.
La corrida no era a muerte. La Sociedad Protectora de Animales lo prohibía. Gran consternación y grandísimos abucheos para algunos miembros de la Sociedad allí presentes. Crecía la pitada, mientras Luis Miguel no sabía qué hacer con el estoque en la mano. Pero... de pronto, ¡oh milagro!, Picasso, puesto de pie en mitad de su palco, agitando en mano un gran pañuelo, pedía a los protectores de la Sociedad concediesen la muerte del toro. Y así fue. Toda la plaza de pie, aplaudiendo, contempló cómo aquel toro lidiado por Dominguín, y haciendo de peón Domingo Ortega, caía de una estocada en el centro de la arena desde aquella pequeña improvisada plaza de Vallauris.
martes, octubre 28, 2008
Sobre un texto de Jorge Guillén (Gómez de Lesaca)
Copio el e.mail recibido de Gómez de Lesaca:
"Tras haber leído lo escrito por el Papa Negro, incluido el poema de García Lorca, creo interesante recordar lo que nos cuenta Jorge Guillén:
"Rafael Alberti fue el poeta preferido de Sánchez Mejías. En la tradición de un Pepe Hillo, de un Francisco Montes. Cuyos tratados sobre el arte de torear se desenvuelven a modo de artes poéticas, Sánchez Mejías juzgaba paralelos a Belmonte y Lorca, a Joselito y Alberti: los primeros, con su poderoso “yo” romántico, triunfan magníficamente, irregularmente, mientras los otros dos, atentos a las esencias y a las formas, se atienen con todo rigor a las condiciones de la lidia".
Por su parte, Federico García Lorca decía que Juan Belmonte poseía un duende barroco, de igual manera que Lagartijo tenía un duende romano, a Joselito un duende judío y Cagancho un duende gitano.
Reciban ustedes un cordial saludo de su lector, Gómez de Lesaca."
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