Seis bombones, seis se lidiaron ayer en la Monumental tres artistas, tres, que cortaron nueve orejas, nueve. Seis toros de esos que desearía cualquier madre de torero que lidiaran sus hijos cada tarde. Ni un mal derrote, ni un feo, sosotes, sí; escasos de fuerzas, sí, pero buena gente. Entre garcigrandes y hernández, a falta de cuvillos, van a conseguir con sus genéticas, ADN y células madre, los toros padre. El toro que no necesita ser picado, directo a la muleta, con lo que se hará felices a toreros, a muchos aficionados y a parte de los visionarios (esos que liberan granjas de visones). Los toros de ayer eran bomboncitos y La Monumental bombocilandia, regalando orejas.
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Si no se llevaron más orejas fue, casi, porque no había, nueve de 12 no porque los toros fallaran. Ni un disgusto les dieron, ni medio susto. Son los toros con garantía asegurada, como los melones o las sandías sin pepitas. Esto es la torofactoría.
