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lunes, marzo 08, 2010

Pintores del exilio ( papa negro)

















Javier El otro dia te mandé un recuerdo de Rafael de Penagos (padre). He seguido con ese tema ligado al exilio e inevitablemente a salido el gran Ramón Gaya dispuesto para el paseillo. Detras un amplio elenco de artistas exilados y con el toro en los lienzos. Ha surgido , también inevitable, la maldición del gran Leon. Permite que cierre "la exposicion" con un cuadro de Antonio Rodriguez Luna que contradiga a Felipe : "Don Quijote Desterrado". Me parece que forma parte de nuestro acervo y a mi me impresiona mucho.
Un abrazo

PINTORES DEL EXILIO

Ramón Gaya (*Murcia, 1910 –† Valencia, 15 de octubre de 2005). (dibujos 1º y 2º)
José Moreno Villa (poeta) (Málaga, 1887 - Ciudad de México, 1955) . (cuadro 3)
Enrique Climent (Valencia, 1897-México, 1980) .(cuadro 4)
Arturo Souto (Pontevedra 1902 - México 1964.) (Cuadro 5)
Josep Renau (Valencia, 1907 - Berlín, 11 de octubre de 1982) (Cuadro 6)
Remedios Varo (n. 1908 en Anglès (Gerona), —1963 en Ciudad de México) (Cuadro 7)
Antonio Rodríguez Luna, (Montoro 1910, donde falleció en 1985). (Cuadro 8 y 9)

“Español,
más pudo tu envidia que tu honor
y más cuidaste el hacha que la espada.
Tuya es el hacha , tuya.
Contigo la llevaste a la Conquista
Y contigo ha vivido en todos los exilios
. “

(León Felipe : “Español del éxodo y del llanto”. 1939)
Quiero pensar que en esa maldición terrible que resuena en los versos de León Felipe también llevamos los sueños del toro y su fiesta herrados en algún lugar del alma.

martes, noviembre 04, 2008

Más sobre Ramón Gaya (Gómez de Lesaca)


Decía Ramón Gayá en, Velázquez, pájaro solitario :

“Las grandes obras españolas nacen como a regañadientes, pero se mantienen después en pie con una feroz altanería. El arte español, lo español en suma, es como si tuviera, no ya el atrevimiento y el descaro de existir –según vemos en lo italiano-, sino el desprecio y la arrogancia de existir”.

“El desprecio y la arrogancia de existir”.Palabras serias. Pensemos en Juan Belmonte. Desde el inicio de su camino, trajes de luces alquilados, hasta su última parada en Gómez Cardeña. Recordemos la mirada de Pedro Romero, retratado por Goya. Soledad última de aquél que medita sobre la muerte. En el albero, desde el tendido. Desasimiento del que la descubre para, al final, decir: “¿Y esto era todo?”. ¿No es, al fin y al cabo, la tauromaquia un arte engendrado por el valor, el orgullo y el desdén?.
Foto: J.B.

La gallardía de Gaya (el papa negro)



Javier: !Cómo me alegra que reincidas con Ramón Gaya!. Este artista extraordinario (no solo pintor) se enfrentó a su tiempo con una gallardía imponente. Es por tanto un referente moral insobornable. Gaya fué un aristócrata del espiritu mas allá de su excelencia artistica. (He intentado resumir una conferencia sobre él dictada por Juan Pedro Quiñonero en Barcelona.Quiñonero es uno de los buenos conocedores del artista y de la persona. Lo recomiendo vivamente para quién no lo conozca.)
Un abrazo.
Una exposición de Gaya, en La Pedrera, en esta casa, permite facilitar el diálogo entre las cosas más hondas de la arquitectura espiritual de Cataluña, y las cosas más hondas de un pintor convencido que los museos pudieran ser algo así como una de las casas más íntimas del ser y la identidad de los pueblos. Gaya decía que España sería algo más deshilachado y absurdo sin el Museo del Prado.
ARQUITECTURAS ÍNTIMAS
“Gaya y Gaudí tenían en común una visión sacra del arte y la realidad. Para Gaya, nada más sagrado que los colores, los perfumes, la geometría, el polvo, la materia, la piel, la carne y el misterio de lo real, cuya expresión más alta, para mí, bien pudiera ser el Gran arte, cuando el artista llega a alcanzar la naturalidad sacra de las palabras más sencillas, las palabras del Cántico espiritual; o la naturalidad del blanco y los grises de algunos acuarelistas chinos del siglo XIII.
SER Y ESTAR EN EL DESTIERRO
…En el caso de Gaya, el misterio que nos invitan a celebrar algunos de los cuadros de esta exposición es el misterio del Gran arte, amenazado por la barbarie del siglo XX, que tuvo muchos rostros, y todos desalmados.
Entre 1928, el año de la primera exposición de Gaya, en París, y 1948, el año de la pintura del IX Homenaje a Velázquez, la obra de Gaya pudo tomar muy distintos caminos de incierto destino.
En el principio, Gaya incluso pudo ser un pintor cubista, lírico, a la manera de tantos otros pintores de su generación, como su amigo Francisco Bores . O sentir, que las sintió, cualquiera de las pasajeras tentaciones de todos los maestros reunidos en la madrileña exposición de los pintores Ibéricos de 1925. Sin embargo, la exposición parisina de 1928, en compañía de sus paisanos Pedro Flores y Luis Garay, lo inmunizó para siempre contra cualquier tentación vanguardista. Pocos años más tarde, Balthus, que pronto pintaría su famoso retrato de Joan Miró y su hija, vivió en la misma plaza, casi en el mismo lugar, y obedeciendo, sin duda, a las mismas pasiones, sufrió la misma experiencia de rechazo contra las locuras parisinas que por entonces se sucedían a un ritmo vertiginoso. Y me digo que, si Gaya hubiese sido francés, más temprano hubiera llegado el reconocimiento por venir de su verdadero puesto en la historia del arte. Pero Gaya era reciamente español, y murciano, que son dos formas muy peculiares de ser y de estar en el destierro, en la propia tierra patria.
Esa condición embarcó a Gaya en el torbellino de las locuras mucho más trágicas que culminaron con la guerra civil y el Triunfo de la Muerte, a la manera del Bruegel del Prado.
Gaya y Gil-Albert, como sus amigas Rosa Chacel y María Zambrano, entre algunos otros, formaban parte de un grupo no muy numeroso de escritores y artistas, muy influenciados por Juan Ramón Jiménez, Ortega y Ramón Gómez de la Serna, que soñaron desde los años veinte con reconstruir la perdida arquitectura espiritual de España, enraizada en lo Bueno, lo Bello y lo Justo, el Arte Noble de la tradición castellana, cuyas expresiones canónicas son Velázquez y Jorge Manrique.
Gaya, como sus amigos y compañeros de generación, aspiraba nada menos que a poner fin y revocar la desalmada tradición cainita y hampesca que llevaba varios siglos envenenando la naturaleza íntima de España y los españoles, endemoniada la vida pública con las semillas de la podredumbre cainita que comenzó a proliferar con la Picaresca.
Desatada y perdida la Guerra civil, Gaya tomó el amargo camino del exilio y el destierro, dejando tras sí varias obras muy raras en su trayectoria, que no están presentes en esta exposición: escenas de drama y angustia, huellas íntimas de un artista y un arte desesperado.
Gaya perdería a su esposa en un bombardeo, durante ese periplo, no lejos de la frontera francesa. La vida íntima, la historia y el arte ya estaban maduras para celebrar, sin que él lo supiese en aquel instante, el oficio más alto: él oficio del artista capaz de dar a su obra un estilo propio y definitivo, dejando una huella personal en la historia general de la pintura.
En el caso de Gaya, ese estilo comienza por ser una manera de estar irremediablemente solo, de pie, íntegro, resistiendo con desplantes, temeridad y elegancia taurinas a los furiosos vendavales de la historia.
…He dicho bien elegancia taurina. Gaya, como su amigo José Bergamín, autor de obras canónicas en materia de arte y estética taurinas, fue un gran aficionado al arte de torear; incluso llegó a escribir varios textos importantes en ese terreno. Tal faceta de Gaya merecería por sí sola un estudio importante, que está por escribir. Baste hoy con subrayar que esa elegancia del hombre solo, en pie, con gracia, afrontando en solitario el riesgo de la muerte más absurda y gratuita, es algo esencial en el hombre Ramón Gaya; y en su obra.
Cuando Gaya cruza los Pirineos, como tantos otros, es un hombre sin casa, sin familia, sin mujer, sin patria, tiene todos los motivos para estar desesperado. Y quizá lo estuviese.
Sin embargo, el artista, el pintor, comienza a saber que él no se abandonará nunca a la tentación de un arte desesperado. Gaya había pintado algunos cuadros que hablan de la angustia del artista que contempla un bombardeo de poblaciones civiles. Sufrida en silencio esa experiencia, tan dramática y tan actual, Gaya advierte que la debilidad hacia el dolor pudiera ser una concesión que privase al arte de su naturaleza más honda; para transformarlo en otra cosa más débil, frágil, transitoria, circunstancial, convertido el artista en un cautivo del dolor y la desesperación. Para Gaya, como para Jünger, la hombría también se mide en la capacidad de resistencia solitaria contra el dolor y la angustia.”
Resumen de “Velázquez , Ramón Gaya y la comunidad de los hombres libres
”.
Juan Pedro Quiñonero

lunes, noviembre 03, 2008

Lo pictórico del dibujo

Copio de un blog dedicado a "Ramón Gaya":
Tanto el flamenco, como el toreo, fueron temas muy inspiradores para Ramón Gaya, sobre todo en el dibujo y la viñeta. Este dibujo de la imagen le gustaba especialmente a Ramón. Recuerdo que una de las últimas veces que lo vió, señalándolo con el índice antes de hablar -como solía hacer cada vez que quería "poner el acento" sobre algo importante para él-, dijo: "Este dibujo tiene muy poco de dibujo y mucho de pintura".
JB.

Ramón Gaya retratando a Rafael de Paula


jueves, diciembre 27, 2007

Los toros: Nexo de un proyecto estético truncado (el papa negro)

Álvaro Delgado Benjamín Palencia
Recibo un e.mail del papa negro en donde me indica:
Te mando un ejemplo doloroso de una de tantas cosas que truncó la guerra civil: "La escuela de Vallecas", quizas la mas importante aportacion estética española a "las vanguardias" ( sin salir del pais). Tanto Benjamin Palencia hizo pintura "taurina" como la otra figura del movimiento Alberto Sanchez hizo "escultura taurina".
El intento de retomar esta linea estética en la postguerra fué un fracaso ... pero después Alvaro Delgado hizo una Tauromaquia que me gusta mucho.
Como ves TOROS antes y TOROS después
Al tiempo, me adjunta el siguiente texto:

LOS TOROS: NEXO DE UN PROYECTO ESTÉTICO TRUNCADO.
(el papa negro)
ÉTICA Y ESTÉTICA DE LA «ESCUELA DE VALLECAS»
Por FRANCISCO CALVO SERRALLER

La Escuela de Vallecas, el único grupo de vanguardia español que consiguió reaparecer tras la guerra civil, ha dado pie a todo tipo de polémicas. Por desgracia. estas polémicas se han solido centrar en la discusión sobre el papel desempeñado por este o aquel otro artistas en la génesis, desarrollo y ulterior replanteamiento post-bélico de la citada Escuela, con menoscabo de la significación artística en sí.
No es que me parezca mal aclarar los datos históricos y, a través de ellos, valorar con justicia la legitimidad y el mérito que corresponde a cada cual, pero creo que se ha inflado artificialmente el aspecto anecdótico, en este caso, de suyo, bastante simple.
De hecho, en lo que se refiere a la creación de la Escuela en 1927, año ciertamente fundamental -mítico - para la vanguardia histórica española, los testimonios rememorativos de sus principales protagonistas, Alberto Sánchez y Benjamín Palencia, resultan coincidentes, como también acaban casando perfectamente los datos proporcionados por quienes participaron en la experiencia vallecana de posguerra, por mucho que los enfrentamientos personales entre los mismos hayan encrespado los ánimos y amargado los recuerdos.
Dejemos, pues, de lado la dimensión anecdótica del asunto y vamos directamente con su interpretación histórico-artística. Me serviré para ello, una vez más, del archifamoso relato retrospectivo de Alberto Sánchez, donde expone el credo estético que orientó desde su origen la aventura. He aquí lo que en él se dice: «Al participar en la Exposición de Artistas Ibéricos, conocí a varios pintores. Casi todos se fueron después a París. Menos Benjamín Palencia. Palencia y yo quedamos en Madrid con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional, que compitiera con el de París”.
…“Durante un período bastante largo, a partir de 1927, más o menos, Palencia y yo nos citábamos casi a diario en la Puerta de Atocha, hacia las tres y media de la tarde, fuera cual fuese el tiempo. Recorríamos a pie diferentes itinerarios; uno de ellos era por la vía del tren, hasta las cercanías de Villaverde Bajo; y sin cruzar el río Manzanares, torcíamos hacia el Cerro Negro y nos dirigíamos hacia Vallecas. Terminábamos en el cerro llamado de Almodóvar, al que bautizamos con el nombre de Cerro Testigo, porque de ahí debía partir la nueva visión del arte español...”
…“Aprovechamos un mojón que allí había, para fijar sobre él nuestra profesión de fe plástica: en una de sus caras escribí mis principios; en otra, puso Palencia los suyos: dedicamos la tercera a Picasso. Y en la cuarta pusimos los nombres de diversos valores plásticos e ideológicos, los que entonces considerábamos más representativos; en esa cara aparecían los nombres de Eisenstein, El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros.»
Como comenté en otra ocasión a este mismo respecto, salvo la cita admirativa de Picasso y Eisenstein, nada había en el texto de Alberto que recordara el espíritu iconoclasta de la vanguardia, y, en consecuencia, nada que se tradujera en algo más que en una actitud moral regeneracionista y en un estado emocional ante el paisaje.
Quiero decir que no hubo manifiesto plástico alguno de carácter formulario y que, por tanto, tampoco cabía esperar una orientación estética aglutinante, ni, en definitiva, esta vivencia compartida por los dos artistas amigos modificó de forma sustantiva su evolución artística respectiva.
Estilísticamente inmersos entre el postcubismo y el surrealismo naciente, Alberto y Palencia lo que trataban entonces es de dar con un argumento español, que nacionalizase el lenguaje cosmopolita de la vanguardia.
De todas formas, en el deseo proclamado de «poner en pie el nuevo arte nacional, que compitiera con el de París», una parte, la primera, estuvo al alcance de la mano.
Entre 1925 y 1931, años de gloriosa fecundidad dentro de la vanguardia plástica y literaria de nuestro país, prosperó una línea de neo-casticismo, cuyos ejemplos más sobresalientes fueron los de Maruja Mallo, pintora entonces de escenas populares; del propio Benjamín Palencia e incluso hasta de Ramón Gaya y Moreno Villa, por no hablar del cada vez más extendido desarrollo de los diversos realismos regionalistas no académicos.
El mundo literario aportaba los casos clamorosos del populismo andalucista de Lorca y Alberti, sin olvidarnos de un personaje, cuya sensibilidad campesina era casi un trasunto de la de Alberto Sánchez, como Miguel Hernández, del que, por cierto, el escultor toledano ha escrito una bellísima evocación. Si, por otra parte, no prescindimos del dato significativo de que en 1927 fue cuando Daniel Vázquez Díaz pinta los frescos de Moguer, en los que el cubismo académico y las ínfulas monumentalistas del maestro onubense demuestran una querencia hacia la tradición española de corte zurbaranesco, la más silenciosa y mineral, comprenderemos mejor el caldo de cultivo de la Escuela de Vallecas.
La lectura atenta de lo escrito por Alberto sobre "La Escuela", así como la contemplación de las cosas creadas entonces por él y por Benjamín Palencia, ciertamente demuestran que, teoría y práctica, el lenguaje plástico empleado por ambos eran una amalgama de elementos fauves, cubistas y surrealistas, cuyo factor aglutinante debía ser ese brote de sentimiento nacionalista, pero interpretado en clave regeneracionista.
Que entre los eventuales visitantes de la experiencia vallecana se encontraran Maruja Mallo, Juan Manuel Caneja, Lorca, Bergamin y Alberti refuerza el sentido de esta interpretación.
…Resulta harto significativo el enfrentamiento verbal entre Unamuno y Alberto, relatado por este último, pues, más allá de la anécdota desencadenante, revela el cambio de mentalidad de una generación a otra.
Fuera como fuese, la guerra civil truncó de raíz las ilusiones y posibilidades implícitas en una experiencia como la de la Escuela de Vallecas. ¿Cómo entonces surgió esa otra versión de posguerra? Voy a prescindir del factor nostálgico, que impulsó a Benjamín Palencia a volver sobre sus pasos, acompañado esta vez por un grupo de jóvenes pintores.
Desde esa perspectiva, puede uno explicarse la ilusión con que Alvaro Delgado, Carlos Pascual de Lara, Gregorio del Olmo, Enrique Núñez Castelo y Francisco San José rodearon inicialmente a Benjamín Palencia y le siguieron en su intento de resucitar la Escuela de Vallecas. Fue, no obstante, una ilusión pasajera, que, además, no se prolongó mucho en el tiempo para la mayoría de ellos, ya que, salvo San José, el ultimo incorporado, todos abandonaron en 1942.
Suscribo, por consiguiente, la opinión testimonial de Alvaro Delgado cuando afirma que «la Escuela de Vallecas - se entiende que en esta su segunda versión no fue sino una idea que jamás, en momento alguno, tuvo realidad; las posibles influencias que pudo tener en principio nuestra pintura de la pintura de Palencia, las hubiésemos tenido sin estar en Vallecas; viéndola en exposiciones».
Esta necesaria puntualización no resta importancia a la Escuela de Vallecas. Desde mi punto de vista, su huella legendaria en el arte español contemporáneo tendrá siempre que ver, tanto en su primera versión de antes de la guerra como en la de después, con un estado de ánimo y con una actitud moral más que con una fórmula artística concreta. Por lo demás tampoco ha sido ésta la primera vez que en nuestro arte desempeñan un papel relevante un tipo de vivencia ética, pues, como ha escrito J. C. Mainer, «la literatura y el arte en España es casi siempre una apuesta a favor de la historia política y corre, por lo tanto, los mismos riesgos que ésta».