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jueves, noviembre 29, 2012

De una entrevista a Francisco Brines


En contraste con aquellos tiempos, hoy lo paso muy mal como espectador, porque no me gusta nada la situación actual de la fiesta; y no me gusta sencillamente porque no hay toro.
Ahora la técnica consiste en mantener al toro para que no se caiga. A un toro débil, como los que actualmente salen a las plazas, no le puedes bajar la mano al torearlo, porque se cae enseguida.
En vez de llevarlo largo y humillado, que es la manera de que el astado haga el recorrido lento, los toreros lo mantienen arriba y rectilíneo, con lo cual no lo gastan y le dan numerosos pases. Pero, en realidad, no le han dado ningún pase de poder; sólo han aprovechado el recorrido del animal. Cierto es que luego les conceden las orejas después de matar al toro, pero en realidad éste muere casi por cansancio.
Los diestros de la gran generación que antes he mencionado no toreaban mastodontes, sino toros ágiles, capaces de ir de un lado a otro de la plaza. Algo muy distinto sucede con los astados modernos, que son los toros de Guisando pero en carne. (...)
Es lo que ahora se lleva.
Quieren el toro mecánico, sin casta. Para solucionar semejante situación tendría que venir a los ruedos un torero de leyenda, alguien como Pedro Romero, que en su época escogía las reses más difíciles y mejor armadas.
Por otra parte, el público actual vive en función de la propaganda y lo mismo hace colas para ver una exposición que acude a la ópera o a los toros. Desconoce los principios de la fiesta, de modo que su diversión consiste en aplaudir y pedir orejas. De hecho, cuando los espectadores vuelven a sus casas, tienen la impresión de que han visto una buena corrida sólo porque se han cortado muchas orejas. Es algo que acaba por parecerse a las rebajas de los grandes almacenes.
¿Queda algo de la edad de oro de la lidia?
Muy poco pervive de aquellos tiempos memorables. El último torero que ha dado grandes lecciones en la plaza fue "Antoñete"
Francisco Brines (Cuadernos Hispanoamericanos-1999)
Foto: paula Villar

jueves, octubre 11, 2012

Sobre los falsificadores de la emoción (Francisco Brines)



"El delicado equilibrio del ser del toreo, (...), dicta altas y difíciles exigencias en los tres protagonistas de la Fiesta: el torero, el toro y el testigo. Arte, dominio y valor en el primero; en el segundo, la íntegra fortaleza en su impulso inocente; en el espectador, sensibilidad y conocimiento en la mirada, y lo que quizá resulte más paradógico para los enemigos de estas celebraciones: una extrema vigilancia moral. Y este es el delicado equilibrio que exige el toreo para poder seguir siéndolo"(...)
De ahí que cuando contemplamos las fuerzas del animal disminuidas en exceso, cuando percibimos que todo su soberbio instinto está puesto al servicio de la exigua azaña de mantenerse en pie, o cuando vemos humillada en él la gallardía de su especie, sólo es posible sentir el justo desvío ante aquellos falsificadores de la emoción. Ni puede haber arte, ni dominio, ni valor en tales situaciones; y posibles tan sólo dos hermanados sentimientos: el de la vergüenza ante una representación tan bárbara, jactanciosa y mezquina, y el noble sentimiento de piedad que en nosotros despierta cualquier ser inválido"
Francisco Brines 

martes, junio 15, 2010

Escribe Francisco Brines


"El delicado equilibrio del ser del toreo, (...), dicta altas y difíciles exigencias en los tres protagonistas de la Fiesta: el torero, el toro y el testigo. Arte, dominio y valor en el primero; en el segundo, la íntegra fortaleza en su impulso inocente; en el espectador, sensibilidad y conocimiento en la mirada, y lo que quizá resulte más paradógico para los enemigos de estas celebraciones: una extrema vigilancia moral. Y este es el delicado equilibrio que exige el toreo para poder segui siéndolo"
Francisco Brines. De su artículo " El arte del toreo: Razonamiento de una mirada"
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Nota: del mismo artículo copio:
De ahí que cuando contemplamos las fuerzas del animal disminuidas en exceso, cuando percibimos que todo su soberbio instinto está puesto al servicio de la exigua azaña de mantenerse en pie, o cuando vemos humillada en él la gallardía de su especie, sólo es posible sentir el justo desvío ante aquellos falsificadores de la emoción. Ni puede haber arte, ni dominio, ni valor en tales situaciones; y posibles tan sólo dos hermanados sentimientos: el de la vergüenza ante una representación tan bárbara, jactanciosa y mezquina, y el noble sentimiento de piedad que en nosotros despierta cualquier ser inválido.
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viernes, junio 11, 2010


"Hay otro entusiasmo distinto al causado por la faena falsamente artística (...): el originado entre el público ante el riesgo asumido por el diestro en la lidia. No es menos vituperable este que el anterior cuando tal riesgo está amañado con profusión de trucos y simulaciones. Suele ser, paradójicamente, el que más celebra el público, y esa ceguera lo hace abominable. Sucede que, generalmente, esta clase de toreros aúnan ambas falsedades: la del arte y la del valor."

Francisco Brines. De su artículo " El arte del toreo: Razonamiento de una mirada"
Vía: El libro "Sentimiento del toreo" editado por Tusquets. Edición de Carlos Marzal

jueves, junio 10, 2010

Escribe Francisco Brines


Nada hay tan peligroso para la buena marcha del toreo que el matrimonio de este vociferante público con uno de esos matadores que, incapaces de la verdadera creación, se aprestan a falsificarla. Si en una plaza ese aluvión de público fácil no es contrarestado por la presencia exigente y respetada de una suficiente minoría de aficionados, de inmediato la Fiesta se conduce por unos derroteros peligosos, y aun falsos. La ignorancia de los espectadores será prestamente complacida por el torero, puesto que no sólo coincidirán ambos en idénticos deseos de facilidad y comodidad, sino por lo que al supuesto torero le habrá de suponer de éxito visible y , con ello, de poder y beneficios. Suele ocurrir, además, que la mayoría de estos no saben torear de otra manera. A veces tales dictaduras se expanden en el tiempo como interminable pesadilla, y los más claros perdedores suelen ser los toreros de calidad (...) y los buenos aficionados, a los que se les enrarece la posibilidad de presenciar el buen toreo, el cual, por su intrínseca dificultad, es ya de porsí inusual.
Francisco Brines. De su artículo " El arte del toreo: Razonamiento de una mirada"