Ocurre que en el mundo del toro prevalece el oscurantismo por encima de cualquier otro planteamiento. Así, aciertan los empresarios sevillanos cuando dan la voz de alarma sobre las nefastas consecuencias de la crisis, pero para exigir reducción de gastos hay que poner sobre la mesa las cuentas reales de La Maestranza. Y exigirles, cómo no, a los maestrantes, propietarios de la plaza, una revisión a la baja del canon del 25 por ciento del dinero que entra en taquilla.
Exageran las figuras en su victimismo porque la fiesta está hecha a su imagen y semejanza. Ellos son los principales responsables de la problemática que excede de la crisis económica. Imponen el toro enfermizo, decadente y ruinoso que se arrastra por las plazas con la connivencia de la inmensa mayoría de unos ganaderos pusilánimes; exigen y alientan supuestamente la sospechosa manipulación de las reses que se lidian; imponen la composición de los carteles, vetan a compañeros, presionan a la autoridad y engañan a los públicos con un toreo alejado de la verdadera emoción que encierra la tauromaquia. Y lo que es más preocupante: solo en fechas y ferias muy señaladas son capaces de colgar el cartel de no hay billetes.
¿Qué persiguen las figuras? No lo dicen, pero es evidente que se atisban dos objetivos: primero, que no les toquen la cartera; y segundo, afianzar, aún más, su poder en el desarrollo de la fiesta. Si ello supone la desaparición del espectáculo, es evidente que les importa poco.
Antonio Lorca hoy en El País -quí el artículo " Los toros y el reino de la locura"













