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domingo, diciembre 16, 2012

Habla Adolfo Martín



Palabras de agradecimiento de Adolfo Martín Escudero a todos los amigos presentes que le tributaron un homenaje en el restaurante "Puerta Grande" de Madrid.
Vídeo: David Plaza

viernes, julio 27, 2012

Más sobre la posible cubierta de Las Ventas


Las corridas de toros tienen una sola razón de ser dentro de la cultura española: su dimensión simbólica. Si a las corridas de toros, les quitamos esa dimensión para convertirlas en un "espectáculo", su razón de ser no se sostendría. La soledad del ser humano para transformar en medio de los "caprichosos" vaivenes atmosfericos, la fuerza bruta de la naturaleza salvaje representada por el toro; en armonia y belleza, en un tiempo prefijado marcado por el sol, es la esencia de las corridas. ¿Nos imaginamos al cuerpo de bomberos exigiendo que para ejercer con mayor perfección su trabajo, se eligieran de antemano los lugares adecuados para que surgieran los incendios?.
JUANSINTIERRA 
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"Hay un montón de razones por la que no se puede cubrir la plaza. Primero por todo lo que tiene de ritual. El suelo tiene importancia pero también el cielo desde el que se está recibiendo el rito. El toreo no es solamente espectáculo sino que tiene gran parte de rito y es un rito de suelo que se realiza en el albero, que se realiza en un terreno delimitado y prácticamente sagrado sometido a un ritual muy preciso de qué terrenos se pueden pisar, de que terrenos no se pueden pisar y en cada momento y dentro de ese rito está que es un ritual hecho al aire libre. Creo que cubrirla y convertirla en algo cerrado entraría en eso que se llama toreo de salón que es otra manera completamente distinta de concebir el toreo", dice. La otra razón que esgrime es el juego de luces "cambiantes que intervienen muchísimo en como se va a percibir el que siempre sea igual y el que siempre la luz esté controlada. Me da la impresión que cubrir la plaza es producir un grado de arificialidad muy grande." Y remarca lo que muchos sentimos en esas hermosas tardes de primavera en mayo. "probablemente lo más bello que tiene Madrid es el cielo y el sitio donde  se percibe mejor ese cielo de Madrid es en la propia plaza de toros"
Manuel Blanco, catedrático de composición arquitectónica, en un reportaje publicado por la revista Taurodelta y firmado por David Plaza 
Foto: Juan Pelegrín

martes, mayo 08, 2007

Sobre Andrés Vázquez



A raíz del post sobre "el fugitivo vestido de luces" el Papa Negro nos hace llegar el siguiente texto de David Plaza:

"Andrés Mazariegos Vázquez (Villalpando, Zamora, 1936) cuando cuenta sus experiencias personales y profesionales, lo hace con desgarro, con intensidad reflejada en el gesto ajado, pero cuidado, por el que se encuentran años y años de penurias vividas para lograr el objetivo de ser matador de toros de renombre. Mis experiencias taurinas han sido muy rurales, afirma. Y es que desde que le dijo a su padre que quería ser torero, Vázquez no lo tuvo fácil. Cuando mi padre supo que quería ser torero, dice, me dio un año de ‘cuartel’, me dijo que si no me tomaba las cosas por mi cuenta me tendría que poner a trabajar, porque no tenía para alimentar a todos mis hermanos y a mí. Entonces fue cuando Andrés, tal y como ya habían hecho muchos paisanos suyos, cogió las alforjas, en las que llevaba un puñado de ilusiones y de deseos, y emprendió el camino de casi imposible éxito por las capeas. Iba a las capeas de los pueblos de Guadalajara, Salamanca y Zamora. Nos echaban unos ‘toracos’ impresionantes, viejos y muy resabiados. Andrés, recuerda entre tantos y tantos toros a uno muy especial de Coquilla: aquel toro tiene una historia muy curiosa, el toro había ido a muchos pueblos y en sus astas llevaba la ‘marca’ de haber producido varios percances mortales; entre esta lista de negra percances destacaban las cornadas inferidas a un telero; ese día el telero estaba en un pueblo vendiendo sus telas por la calle mientras se hacía la capea en la plaza. El toro se escapó de la plaza, se debió hartar de estar allí. Emprendió la huida por las calles del pueblo, en su camino se encontró con el pobre telero y el coquilla no lo perdonó. Desde entonces lo llamaron Telero, concluye el torero.

Una escuela muy particular Del toro de las capeas, viejo, resabiado y conocedor paciente de las debilidades de sus oponentes, aprendió Andrés Vázquez: Aprendí de todo: desde la técnica defensiva para dañar al toro, sin que se dieran cuenta las gentes de los pueblos, que esperaban a cualquier duda del maletilla ante el toro para darte con el garrote en la mano, hasta la comprensión y seguridad que daba dibujar uno o dos lances limpios y ceñidos. Los lances que ejecutaba Andrés Vázquez en las capeas eran siempre ejecutados para engañar y sortear las cornadas que lanzaban esos toracos, más que para intentar recrear el arte de cúchares. Dos pases, incluso uno lucido eran ya un sueño, una quimera que se hacia realidad y que a Andrés le hacían concebir más esperanzas para alcanzar ese duro reto marcado a fuego en su corazón. Porque ni Andrés, ni muchos otros toreros coetáneos en su tiempo, tuvo la posibilidad de acceder a una escuela de tauromaquia para aprender el oficio y practicar ante vacas jóvenes (eralas, a lo sumo utreras). Antes, ni por asomo existían las escuelas, nos teníamos que buscar la vida como pudiéramos, recuerda. Sin embargo, el destino, caprichoso, le ha llevado a ser profesor de algunas escuelas -tan añoradas en los dos primeros tercios del siglo anterior-, entre las que está la de Madrid, en la que enseñó a comprender al toro, a aprender la técnica para triunfar a toreros que hoy tienen gran entidad: Cuando ingresé en la escuela de tauromaquia de Madrid y vi que se enseñaba a torear a los niños, pero que también se les exigía estudiar para labrarse otro futuro posible, me dio mucha alegría; de hecho yo les explicaba que estudiaran y que aprovecharan esa ocasión que les brindaba la escuela paras ser toreros y personas. Las cosas han cambiado, algunas para bien o para mal, según se mire, pero la realidad es que las escuelas evitan que los chavales tengan que enfrentarse ante toros y vacas de más de doce años como lo hizo Andrés Vázquez en su juventud: a ver, exclama, yo no tuve esa oportunidad, yo aprendí a ser torero ante toros y ante vacas de más de doce años; animales que en algunos casos ni siquiera eran bravos sino cruzados con ganado manso, o incluso totalmente mansos. A veces hasta me tenía que arrojar a los pitones para mostrar el ‘hambre’ que tenía."

Al texto deberían acompañar unas fotos de Rosa, pero no tengo dichas fotos.