He sentido un impresionante subidón de adrenalina cuando he oído al siete chillar después de tantos años: IGNORANTES, IGNORANTES, IGNORANTES.
Ha sido maravilloso, emocionante, como en los viejos tiempos cuando tarde sí y tarde también se afeaba al resto de los tendidos, especialmente a los de sombra, la concesión de algún trofeo sin méritos suficientes según sus propias estimaciones.
Pensaba yo que el siete había muerto, tanto tiempo sin oírles, sin ver apenas pañuelos verdes. Apenas se divisaba un pequeño reducto de incansables aficionados arrinconados por la estrategia de los taurinos que claman en el desierto con muy escaso eco de sus demandas. Estos grupos de aficionados en el siete y otros rincones de la plaza que según las estimaciones más optimistas caben en un autobús han marcado de nuevo con su voz muy claramente la división de opiniones, la discrepancia, han reivindicado la exigencia máxima de siempre para triunfar en Madrid, aquí no basta con torear bonito, hace falta ante todo un toro encastado y mando en plaza: poder al toro, estar por encima de él, saber elegir los terrenos, cruzarse, citar de largo, embarcar la embestida delante y vaciarla atrás y hacia adentro con el juego de muñeca, ligar los pases y matar arriba y a la primera y salvo excepciones sin descabello.
Así se triunfaba antes en Madrid, primera plaza del mundo y así se ganaban los toreros su presencia en el resto de las ferias de España.
Hoy de nuevo se ha oído la voz de la afición clamando por volver a situar los trofeos al alcance únicamente de quienes demuestren con méritos que los merecen.
Y todo ha surgido porque el público ha pedido una oreja con insistencia recalcitrante para César Jiménez en el quinto toro de la tarde ante una estocada caída y una faena muy despegada a un sobrero de Carmen Segovia de escasa calidad.
Mejor había toreado y matado al segundo de la tarde: un Peña jara encastado y con trapío que ha resultado el mejor de la tarde y que metía la cabeza en la muleta con nobleza, repetía con ganas, aprendía con rapidez. Ha adolecido Jiménez de colocación como es costumbre hoy día a pesar de lo cual ha conseguido en este toro algunas series de calado y se ha tirado a matar a ley consiguiendo una estocada apenas ligeramente desprendida.
La segunda oreja abría pues la puerta grande de la plaza, había que medir la petición ante un premio tan desproporcionado por una actuación tan justita. Lograda la oreja se ha abierto la puerta grande para César Jiménez, una puerta grande barata, de saldo.
Traía César Jiménez una cuadrilla muy profesional que ha bregado y puesto banderillas con eficacia y gusto, queremos destacar los dos pares de Jesús Arruga a ambos toros clavados en la cara, saliendo andando de las suertes y en los que ha demostrado un completo conocimiento del comportamiento de los toros y de los terrenos a pisar. Ha recibido justa ovación por ello.
Los toros de Peñajara han demostrado carácter: pedían el carnet, el cuarto, que era un tío, ha saltado la barrera causando el pavor de cuantos estaban en el callejón y han encontrado a dos sin papeles: Eugenio de Mora que no ha podido torear a ninguno de sus dos oponentes: se le ha visto desde el primer muletazo dubitativo, sin ideas y sin capacidad alguna para dominarlos y Javier Cortés que con sus actuales conocimientos no está preparado para enfrentarse a toros encastados, necesita mucho más oficio, tiene que torear mucho en plazas más sencillas, no es buena idea encarar la carrera acudiendo a Madrid sin estar debidamente placeado. Ha estado, lamentablemente a merced sus oponentes, ha intentado el toreo de arrimón tan socorrido pero tan lejos de las lidias que demandaban los de Peñajara y esperaba el respetable.
La nota amarga de la tarde la han puesto unos chavalillos, alumnos de la escuela de tauromaquia, que abroncaban a quienes protestaban la concesión excesiva de trofeos, se ve que no saben distinguir entre el toreo auténtico y el ventajista entre una estocada arriba y un bajonazo; y nos preguntamos: ¿qué les enseñan en la escuela?
Jandro
martes, 31 de mayo de 2011
Foto: Aleyda Baz