Sobre
Fandiño y su tarde en Bilbao: intenciones y resultados
¿Qué
tiene más valor en la vida: la intención o el resultado final? Una
persona de moral elevada se decantará probablemente por la primera
opción, mientras que alguien práctico elegirá la segunda. Fuera
como fuese, ojalá más toreros echasen la pata “alante” y se
anunciasen con seis toros de distintas ganaderías en una plaza con
la seriedad de Bilbao. A veces se requiere más valor para lanzar la
moneda al aire que para comprobar si ha salido cara o cruz.
Fandiño
salió con la cruz dibujada en la frente cuando, al asomarse al ruedo
lluvioso, vio una plaza casi vacía. Los cuatro mil asistentes –un
cuarto de entrada- se protegieron del chirimiri en la grada dejando
los tendidos desnudos y azules de melancolía. La primera
satisfacción de un espada cuando decide lidiar seis toros en
solitario es comprobar que ha puesto la plaza hasta la bandera. No
fue éste el caso. Toque de atención, por tanto, a todos los
aficionados de Bilbao que el sábado no acudieron a Vista Alegre a
arropar a un torero que, además, es su paisano. Si se exige, también
hay que dar a cambio. Y Fandiño, a pesar del desengaño con su
público, también tendría que haber hecho de tripas corazón y
lucir la casta que le caracteriza. Por el contrario, se sumó a la
tristeza de la tarde hasta adoptar el color del ruedo bilbaíno: gris
plomo. Sirva un detalle para ilustrar su estado de ánimo: no hizo un
solo quite hasta el cuarto toro.
Puyazo
no sólo a la afición que se quedó en casa, sino también a
aquellos que decidieron dejar desierto el premio al mejor picador. El
sábado se presenciaron buenos tercios de varas, en el sitio y, sobre
todo, medidos. Si pedimos que no se masacre al toro en el primer
encuentro, debemos recompensarlo cuando lo vemos. De nuevo, la vieja
historia de dar para luego recibir. En concreto, los dos del
castoreño que debieron disputarse este reconocimiento fueron: Rafael
Agudo y Juan José Esquivel. Ellos aunaron una intención encomiable
(resucitar el tercio de varas) y el resultado final (toros que se
arrancaron hasta cuatro veces al caballo sin desfondarse después en
la muleta).
Paradójicamente,
uno de los toros que más manseó en el peto, resultó el mejor ante
el percal: “Minador” de Victorino, ejemplar noble y fijo en el
engaño al que se le podrían haber cortado las dos orejas pero, como
ya se ha dicho, Fandiño no estaba para fiestas. Le hizo una faena
funcionarial, pinchó y, afortunadamente, la presidencia supo estar
en su sitio quedando todo en ovación. El de Orduña tampoco
aprovechó el de Torrestrella, “Pocosueño”, que se llevó el
premio al mejor toro (este reconocimiento, en cambio, sí podría
haberse dejado desierto pues no se sorteó ningún ejemplar completo
en los tres tercios). Empujó el de Álvaro Domecq las tres veces que
acudió al caballo tras arrancarse de largo. Después desarrolló
movilidad, aunque sin clase, y fue con la cara suelta. Otro toro que,
a pesar de apagarse pronto, dio buen juego fue el de Alcurrucén, que
tomó cuatro varas; incluso el de La Quinta, que no humilló, pero
fue pronto y vibrante. Hubo, pues, toros, ninguno de bandera, pero sí
cuatro que pedían ser toreados. Los peores, el de Partido de Resina
y el sobrero del Cortijillo, que sustituyó al inválido de
Torrealta.
Al
final del festejo, se marchó Fandiño a pie y sonriendo. Fue el
único que reía. La plaza quedó sumida por el desencanto. En el
toreo siempre gusta que las intenciones valerosas desemboquen en
laureados triunfos ganados a pulso. Esta vez, la moneda cayó por el
lado de la cruz y quien la lanzó al aire no tuvo los arrestos de
cambiarle el viaje en el último momento. Las apuestas a veces se
ganan y otras, amargamente, se pierden.
Gloria
Sánchez-Grande
Foto: Jordi Alemany