Se
supone que a un aficionado a los toros -es mi caso- debería haberle
confortado la manifestación de ayer en Valencia. Un "Basta
ya" multitudinario que reflejaba el orgullo de una minoría
acosada. El problema es que la yuxtaposición de orgullo y minoría
acosada refleja en sí misma la precariedad de la tauromaquia, su
desubicación en la sociedad, la insólita degradación de símbolo
cultural a fenómeno amenazado.
Rubén
Amón - El
día del orgullo olé -
No está lejano el tiempo en que penalizará socialmente dejarse ver en la misma feria taurina a la que antes se iba, no tanto por afición verdadera, sino por salir en las negritas de las crónicas mundanas. En lo que concierne a Madrid, supongo que ello supondrá la extinción, o al menos la mengua, del público de clavel. Modelos, actores, marquesitos Brummell y cantantes melódicos que no querrán ser pasados por la quilla por el piquete animalista (...)
A
lo mejor resulta que, entonces, culminada esta decantación, en la
plaza sólo quedarán aficionados verdaderos, imposibles de engañar
con retóricas, fanfarrias, ternas rosas y trucos, que, además de
unidos en la clandestinidad, se sentirán un final de especie, los
últimos depositarios de una tradición que declina.
(...)
La
manifestación taurina de este fin de semana en Valencia me pareció
impresionante. Más allá del aspecto de los matadores en la primera
fila, que parecían subjefes carismáticos de la Camorra, con sus
gafas ahumadas y la galanura bizarra que en Nápoles definía a los
«guappi» de la vida criminal.
David
Gistau - Los
últimos -
