lunes, enero 20, 2014

Seguimos con Celsa Fontfrede

Un día que había invitado a tentar a Manuel García Cuesta, “El Espartero”, figura ya consagrada por su inmenso valor, o más bien por su temeridad, doña Celsa cae enamorada de aquel hombre algo más joven que ella, y que, de mozo, hacía la luna con las vacas de su marido en la finca La Alegría. A pesar de estar casado y tener hijo, según cuentan varios autores, El Espartero se enamora también y, de esta unión pasional, nace en 1890 una hija, bautizada Pilar (doña Celsa era maña y, como tal, devota de la Virgen del Pilar). Desde entonces, El Espartero se convierte en el marido extraoficial de la ganadera, dándole su nombre a la pequeña Pilar, algo que, seguramente, aumentó con creces la fama de Doña Celsa dentro de la buena sociedad sevillana que, por mucha notoriedad que pudieran darle sus toros, no olvidaba que había hecho carrera gracias al estribillo que cantaba junto a sus compañeras de la Folies Arterius: “…suripanta, la suripanta/ maqui truqui de somatén/ Sun faribún, sun faribén/ maca trúpitem sangasiném”. Tan famoso se hizo el coro y aquéllas que lo cantaban, que empezaron a llamarlas “las suripantas”, y años después, la RAE hubo de incorporar la palabra a su diccionario. El martes 17 de mayo de 1892, la nueva ganadera debuta en Madrid: seis toros de Doña Celsa Fontfrede estoqueados por Rafael Molina “Lagartijo”, Manuel García “Espartero” y Enrique Vargas “Minuto”, que confirma alternativa. Los toros, excepto el primero, fueron pequeños, con poca cara, sin mucha fuerza, y el sexto impresentable, pero tercero y sexto salieron nobles. Por supuesto, esta corrida trajo consigo bastante morbo, gracias a la presencia en el cartel del Espartero, cuyo romance con la ganadera era un secreto a voces.


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