miércoles, abril 08, 2015

Sobre la ganadería de Peñajara



Pepe Rufino prepara sus siete corridas del año en los cercados alineados alrededor del generoso arroyo que baja desde las últimas estribaciones de Sierra Morena, desembocando más abajo, en el río Viar, cuyas aguas atraviesan la sierra de Constantina antes de regar los cultivos de Lora del Río.


[…] En el cerro que domina el cortijo, se encuentran las madres con sus crías, mientras que, para distinguir a las añojas, hay que subir hasta lo alto de la finca. A lo lejos, en otro cerro, algunas manchas de color delatan la presencia del ganado. “Están totalmente asilvestradas. No se dejan ver. Para tentarlas, al año que viene, tendremos que cortarles el agua para que tengan que buscarla y, poco a poco, las acercaremos hasta el cercado más cercano a la plaza”. A las hembras siempre hay que engañarlas. Pepe observa con cariño a las madres variopintas. “No pensaba volver a ser ganadero, aunque lo llevaba dentro. Pero, eso sí, siempre quise tener una dehesa y la compré con mis ahorrillos cuando me jubilé, después de trabajar toda la vida para el Banco Urqujo, administrando empresas. Había conocido el mundo taurino cuando los empresarios iban en busca de los ganaderos… pero sabía que ahora era al revés. O peor: los ganaderos van en busca de los toreros para que les coloquen las corridas. Sabiendo eso, sólo quería ganado manso para disfrutar de mi dehesa. Quería volver al campo que siempre me gustó. Aristóteles escribió que, el hombre es tan imbécil, que no le echa cuentas a la cosa más preciada”.

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