lunes, abril 06, 2015

La segunda parte de ‘Ocho apellidos vascos’ se rodará en primavera

Todo consiste en saber qué somos por dentro. Ahí hay un consenso de sangre en la que todos llevamos la Tauromaquia. Todos. Los de los toros de la calle, los de la sombra, los del sol, de ciudad y/o de los pueblos. La cuestión está en que somos por fuera. No como pregunta, sino como afirmación: el público de toros se muestra por fuera, decide ser de sol y ejercer de ello, decide ser de sombra y hacerse frontera con el sol, comportarse como partícipe del toro popular y no de de los demás toros. Decide, para resumir en falsos términos: que es del toro 'torista' y no del toro 'torerista' en un cainismo absurdo.

Lo del Domingo de Resurreción en Málaga no supuso la conclusión de la muerte sin puntilla del 'torerismo sin toro'. Nadie mata lo que no existe ni se muere lo que no es vivo. De la misma forma, una corrida mala del 'otro palo' no mata nada. Porque el otro palo, el toro 'torista', jamás ha existido. Son dos invenciones. Dos falacias, dos estratagemas, dos espejismos, dos sombras que extorsionan el cuerpo real que somos por dentro. Esta diferencia inexistente es el uso demagogo de aquello tan español que afirma que, para que uno tenga éxito, o para que exista, ha de suceder que el otro no exista o que fracase. 
 
España es así, y en el toreo se muestra: el éxito no es el talento de uno sino el fracaso del otro. Siendo más sencillo, más justo y hasta más rentable la suma de palos distintos, de ideas distintas, de sensibilidades distintas, hemos elegido la opción más aberrante: la de empujar al otro para estar yo. Cuando hay espacio para todos. Es tan cierto que el Domingo de Resurreción en Málaga, se dieron connotaciones del guión hispano bíblico de cómo, siempre que el hombre deja de serlo para ser macho, siempre que la mujer ejerce de hembra, siempre que el aficionado deja de serlo para ser partidario, una corrida es un conjunto de perversiones.

De los públicos, la mayoría desconocedores de la ganadería a lidiar en la plaza. Unos venidos de sus chalets, la gran mayoría, en un proceso de venta de entradas al revés de la actual: primero se cuelga el cartel de no hay billetes y luego nos sentamos cómoditos en los asientos que no viene nadie. Otros de los clubes y peñas más rancias, el palmerismo 'culto', de todas partes. Muchos compraron la entrada para pasar factura a la fiesta del Toro íntegro con Casta y Trapío, y de encastes diferentes, al toro de los aficionados. Unos desde la sensibilidad muerta de la plasticidad de figuras de la fiesta sin toro de ahora. Otros con afán revanchista sin esconder. Los dos fueron al ver un espejismo: lo que ellos iban a ver no existe.
Al finalizar la corrida, unos, los de la nostalgia, habían guardado unos gramos de aliento. Una orejita tras dos avisos. Los otros sacaron la ira del fracaso, No del fracaso de Morante,Manzanares, Juli, Daniel Ruiz y Borja Domecq, sino de 'su fracaso'. Que no fue otra cosa que no haber podido evidenciar que la fiesta de los toros se puede sin toro.  No existe un único toro,una única verdad,una única fiesta, una única palabra, una verdad única, una fe y ninguna más, una religión sobre las otras. Confunde modernidad con decadencia, porque sin toro nada tiene importancia, y en sus escritos dejan patente que confunden sensibilidad con sensiblería, justicia con venganza y que tras sus constantes defensas de la generosidad con los actuantes se esconde un odio eterno a quienes desean y quieren que las corridas de toros sean con toros de diversas procedencias, bien presentados y seleccionados por su casta y bravura, y no por su manejabilidad de presencia y comportamiento. No llegan a comprender que el domingo de Ramos en Madrid, sin abono ni figuras los tendidos estuvieran llenos.
 
Los que creen que cuatro autodenominadas figuras son tan necesarios para no ver cemento en el toreo, como que el toreo, para ser de futuro, cumpla ochos requisitos: justos de fuerza, casta y presentación; que lo los lidien las figuras; sospechoso de pitones; que se simule la suerte de varas; rapidito con las banderillas; que no aprenda aunque se le hagan las cosas mal o que no muestre peligro porque eso es pecado en un toro artista; que no de emoción ni en el 'ay' y ni en el 'ole', y qye tenga sangre pura Domecq o similar. 

Con esos ocho apellidos, hay figuras. Pero quizá no haya futuro.

 

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