Manso,
huidizo, listo, con 600 kilos en los lomos y más elasticidad que un
gato flaco, Cantinillo, último toro de la corrida y de la feria,
sembró el pánico, primero en el callejón donde amagó saltar varias
veces antes de decidirse y de fallar, antes de sembrarlo en el ruedo
donde nunca hizo las cosas por derecho. Vino a traición al caballo
montado por Gabin Rehabi, huyó como un desesperado en cuanto sintió el
bocado del hierro, y así hasta cuatro veces, quedándose sin embargo
crudo como se suele decir. Con un par de, Gabin, tal como lo hacían
los picadores de la edad romántico, lanzó el asalto hasta el mismo
centro donde, con toda la ventaja, Cantinillo lo levantó con su
montura hasta el tejado y lo tiró cinco metros más allá ; ahí sí
Cantinillo volvió a la carga, contra el hombre y el picador
indefensos, pero Bonijol, este ángel de la guardia de los caballos
toreros, velaba. Se interpuso y por poco se lleva la cornada, levantó al caballo, lo sujetó, lo ayudó, empujó con él para compensar la
carga del toro traicionero, y cuando este vio que no había manera,
otra vez huyó.
(...)
Después
de salir Lamelas bajo una ovación fenomenal, llamaron a Bonijol para
saludar desde el centro del ruedo, y justo después, peto quitado,
este maravilloso caballo negro llamado "Destinado", protagonista del
último tercio, dio una vuelta de clamor, más fresco que un potro.



























