martes, agosto 02, 2016

Sobre la corrida de Pedraza de Yeltes en Azpeitia y la torera actuación de Curro Díaz

DOS DE LOS SEIS toros de Pedraza de Yeltes tuvieron buen trato. Fueron dos de los tres colorados del envío. Un segundo, Sombreto, más estrecho y alto que los demás, ligeramente acaballado, en el tipo propio y más fiable de la ganadería; y un sexto, Huracán, de cuerna cubeta –anchas sienes pero abrochadas, como una bandeja- y armónico remate. Los dos lucían blancas palas, blancos pitones. El uno cobró un serio primer puyazo al relance pero se salió suelto a querencia; el otro se arrancó en arreón y apretó muy en serio, aparatosamente.
No hubo toro que no se empleara en el caballo. En ese punto, este sexto fue el de mejor estilo. La gente está en Azpeitia por que los toros tomen dos puyazos y no uno solo, y esa prueba pasaron esos dos toros colorados de pinta idéntica y parecido fondo pero distintas formas. El sexto fue particularmente lustroso. El segundo, algo badanudo. Del segundo puyazo, casi testimonial, salió el sexto embistiendo, pero enterró pitones. Eso fue anuncio de que iba a descolgar y humillar. Señal inequívoca. El segundo hizo fu al caballo cuando lo pusieron de largo para la segunda vara. Los dos toros acusaron querencias definidas. El segundo, a la puerta de arrastre; el sexto, a las tablas opuestas, donde se estuvo, pero sin atrincherarse ni defenderse.
Con el segundo firmó Curro Díaz una preciosa faena de orfebre. En la contraquerencia. En los medios, donde fue todo, salvo una apertura de siete muletazos de tanteo que fueron ejemplo de toreo de compás. Una suerte menor convertida en dibujo caro. Los siete muletazos de lazo, de tablas hasta el platillo, se celebraron con ruido. Del lazo salió el toro entregado. Tres tandas en los medios de encaje impecable, toreo hacia dentro y templado, y bien rematado. El de pecho de broche en cada una de esas tres tandas. La tercera, de traerse enganchado el toro por delante, casi despatarrado Curro, a placer, tocado de la inspiración a pesar de ser faena del repertorio clasicista. El llamado “toreo eterno” en un exceso verbal.
Las improvisaciones y recursos –las trincheras y trincherillas, los recortes, un cambio de mano- fueron salsa de ese cuerpo mayor de toreo de rancio desmayo. Estaba pendiente una tanda con la zurda. Tardó en llegar pero llegó, sin el brillo del toreo en redondo. Pero no sin su propio genio. Para entonces el toro empezó a acusar su querencia original. Y se acabó soltando. Costó cuadrar y pasar en terrenos del toro: un pinchazo, una estocada delantera y ladeada, dos descabellos.
Foto: André Viard, Tierras Taurinas 

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