Sacrificio
“UN VIEJO GUERRERO NO TIEMBLA”
( el papa negro)
De “LOS TITANES VENIDEROS” / Ideario último.
(Conversaciones con Ernst Jünger)
- En el verano de 1996 le nombraron Doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid...
- Si, tras el Doctorado por la Universidad de Bilbao. Para la ocasión, en el Escorial, se dictó un seminario sobre mi obra. Tuve la oportunidad de asistir a una corrida de toros y un matador me brindó la muerte de su toro. La corrida es un espectáculo interesante porque pone en evidencia la ligazón del hombre con la vida y con la muerte, con los instintos primigenios, con la naturaleza, con la tierra. Me he preguntado por qué en España se mata al toro, en tanto que en Portugal no lo hacen. Tal vez los españoles sean mas radicales.
Cuando se mata al toro estamos directamente cara a cara con la muerte, que no es pensada e imaginada , sino sentida y percibida de manera inmediata. Tal vez la puesta en escena de ese espectáculo es una manera de vencer el miedo a la muerte que todo ser vivo experimenta. Es, sin duda, una catarsis.
(CATARSIS : Una catarsis o experiencia catártica, es una experiencia interior purificadora, de gran significado interior, provocada por un estímulo externo. Proviene del término griego, katarsis o katharsis que significa purga o purificación, y es un término aceptado por la Real Academia Española.
Es una bella palabra que, tomada de la medicina, la puso en circulación Aristóteles con el significado ético-estético que actualmente tiene. El principio aristotélico de la catarsis viene a decir que la tragedia (la representación teatral) es muy útil porque los espectadores ven proyectadas en los actores sus bajas pasiones y sobre todo porque asisten al castigo que éstas merecen; de esta manera se produce en ellos un efecto purificador. Los espectadores mediante la contemplación de la tragedia y mediante su participación anímica en la misma, someten su espíritu a profundas conmociones que sirven para purgarlo. Se sienten mejores ciudadanos. Esa es la virtualidad catártica que atribuyó Aristóteles a la tragedia.
Katársis tenía dos niveles de significación: el físico-médico y el moral. En el plano físico significaba purificación, purga y poda. En el plano moral llamaban catarsis a la satisfacción o descanso por el cumplimiento del deber y a los ritos de purificación de los que se iniciaban en los misterios. Procede esta palabra de (kazarós), que significa limpio (de aquí derivará la palabra "cátaro"). Limpio de cuerpo y alma; la purificación se hacía mediante sacrificios lustrales. Kaqarma (kázarma) era la impureza, aquello que debía ser purificado, y lógicamente acabó llamándose así a la víctima que se sacrificaba para limpiar a alguien de sus pecados o impurezas.
Los tres grandes elementos purificadores eran el agua, el fuego y la sangre. El más eficaz de todos, este último, era sacrificar alguien como víctima propiciatoria por la comunidad.
Es lógico que cuando se tienen muchos pecados pendientes de lavar, se necesite una víctima con la que celebrar las ceremonias lustrales (según los más antiguos ritos) o una representación dramática mediante la cual los espectadores vacían en el protagonista el mal que tienen en sus espíritus y lo castigan con la misma dureza con que castigan los dioses. De esta manera celebran su catarsis colectiva. Ahora bien, para que esa catarsis sea eficaz se necesitan algunas condiciones rituales o dramáticas mínimas.
Si se trata de ritual, es preciso que la víctima sea valiosa. A nadie se le hubiese ocurrido jamás ofrecer en un sacrificio lustral una víctima enferma o moribunda. Una víctima así, no sólo no tenía la virtud de lavar, sino que producía el efecto contrario. Y si se trataba de la catarsis mediante el drama, era imprescindible que el castigo de los dioses cayese sobre un protagonista en todo su vigor, capaz de desafiar al destino y a los propios dioses. De lo contrario, no se producía el deseado efecto purificador. La lógica interna de los sacrificios pide que la víctima represente el valor de la colectividad que quiere salvarse y purificarse. No tiene ninguna eficacia sacrificar los despojos: eso no lava, mancha.)
NOTA: El 17 de febrero de 1998, faltándole poco mas de un mes para cumplir los 103 años muere en Wilflingen. Las últimas palabras de su último libro, casi autoirónicas, las postreras que publicó, escritas en Wilflingen el 15 de diciembre de 1995:
«El día comienza con autógrafos; mi mujer escoge entre la correspondencia las peticiones. Aún tengo una letra presentable. Un viejo guerrero no tiembla».

