Es cuanto ha sucedido en las islas Baleares con la decisión de perpetrar la corrida incruenta. Corrida e incruenta son conceptos antitéticos, pero el estado confusional de la sociedad contemporánea y el intervencionismo moral de la clase política han conseguido conciliarlos en una grotesca fórmula pedagógica e hipócrita. Pedagógica porque la Administración balear convierte al ciudadano en un niño, restringiéndole desde una hegemonía ética aquello que puede ver o no debe ver. E hipócrita porque los toros que se lidian en semejante simulacro acaban en el matadero, despojados de su rango totémico, de su honor y de su valor eucarístico.
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