Los Alijares
Diego Urdiales toreó dos vaquillas en la placita de tientas de la finca Los Alijares, propiedad del ganadero Adolfo Martín.
A la segunda le dio dos series de naturales de mucha enjundia, cruzándose, poniéndose en el sitio, citando con la muleta adelantada y corriendo la mano atrás incluido el giro de muñeca con maestría, me quité los guantes para aplaudirle, pero me los volví a poner enseguida porque el viento helado que bajaba de la sierra cercana helaba hasta los sentimientos aunque fueran nobles y así debió sentirlo también Diego Urdiales pues en las series siguientes, sin que mediara razón alguna, pues la vaquilla siguió embistiendo con nobleza y casta, se despegó, se situó fuera de cacho, metió el pico y los naturales perdieron gracia y quedaron ramplones y sin enjundia, abrieron el portón a la vaquilla y sentí deseos de quitarme los guantes para aplaudir a la vaquilla que con bravura acudió cuatro veces al caballo con prontitud y empujó hasta derribar. Aunque bien es verdad que Adolfo pidió disculpas por la debilidad del caballo que no hubiera debido salir a lidiar.
Si Diego Urdiales hubiera hecho esto mismo, por ejemplo, en las ventas ante un cuatreño habríamos dicho que la faena había ido de más a menos, lo que desmerece muchísimo los méritos de un torero para cosechar triunfos, y si sabe hacerlo bien y el público presente se lo reconoce aplaudiendo a pesar de tener que quitarse los guantes, no encuentro justificación alguna para no seguir en esa línea y recetarnos a cambio ración de toreo descafeinado.
Habíamos llegado de Madrid dos horas antes al bar El Paraíso en Almoharín donde nos recibieron con unas excelentes migas extremeñas, algunos componentes de la grada 6, a saber: Curro, Carlos, Javi con sus mujeres (tres) y un servidor, y allí estaba nuestro amigo y compañero taurino Domingo, más delgado pero con su amabilidad intacta y nos presentó a quienes ahora ya son nuestros amigos extremeños junto con él: Ángel y Pedro.
Y compartimos con ellos una jornada diferente, primero las migas, luego la tienta y la comida en casa del ganadero, después el paseo por la finca en el remolque del tractor para ver los toros y la velada en Mérida, ciudad a la que no le cabe más historia, pues la tiene romana, árabe y cristiana. Y la democracia la ha convertido en la capital de Extremadura, devolviéndole el rango superior que tuvo hace dos mil años cuando fue capital de la provincia romana de Lusitania.
Durante el paseo en el remolque del tractor se arrancó Tomatillo (nº 54), el grande, y el mayoral lo paró a la voz con una fulminante orden que le hizo frenar en seco. Dejó marcado el rastro de la frenada de sus patas por lo menos dos metros, de donde dedujimos que Adolfo cría a los toros sin ABS y quizá debería planteárselo. No se dejó, por tanto Tomatillo los cuernos en el remolque y quizá nos salude cuando venga a las Ventas con otra arrancada similar, estaremos muy atentos a su lidia.
Mediante la charla nos fuimos conociendo a lo largo del día y descubrimos que el jabonero Ángel tiene una media arrancada muy decidida, ordena y manda con buen criterio, que no siempre es atendido con la prontitud que se merece.
A Pedro, negro zahíno por la boina, la humanidad le desborda, se entrega a sus ideas con pasión juvenil y a sus amigos en cuerpo y alma. Ama a los toros, quizá más que los demás porque los conoce mejor, habla de ellos como de sus seres queridos, ensalza sus virtudes, disimula sus defectos, cuenta sus hazañas y disfruta con las historias que le relacionan con ellos.
Sin embargo no come apenas y como le prometí lo pongo aquí para que lo lea Ángel y le regañe: Ángel, no cenó más que una gamba y dos tenedores de bacalao dorado, así pues, actúa en consecuencia, dale vitaminas o lo que sea porque se nos queda en nada y le necesitamos para que nos siga enseñando, con ese cariño que pone en todo lo que hace, tantas cosas de toros y de personas de las que sabe también mucho.
Hablamos mucho de toros y casi nada de toreros, así dejamos patente que lo importante es el toro bravo, íntegro, con casta, y a partir de ahí un torero valiente podrá enfrentarse con él en una plaza y sin menoscabo de la dignidad de ninguno de los dos, enfrentarse mediante el arte supremo del toreo.
He querido hacer una crónica de urgencia del viaje, no creo haberla completado debidamente pero me caigo de sueño y mañana tengo que madrugar, se me quedan en el tintero multitud de gratas sensaciones que espero transmitiros en el futuro.
Gracias por todo, amigos, la maravillosa acogida dispensada nos obliga a volver pronto para seguir disfrutando de tan buenos anfitriones y a instaros a que vengáis por aquí para corresponder con cariño.
Jandro
domingo, 26 de febrero de 2006