Un día que había
invitado a tentar a Manuel García Cuesta, “El Espartero”, figura
ya consagrada por su inmenso valor, o más bien por su temeridad,
doña Celsa cae enamorada de aquel hombre algo más joven que ella, y
que, de mozo, hacía la luna con las vacas de su marido en la finca
La Alegría. A pesar de estar casado y tener hijo, según cuentan
varios autores, El Espartero se enamora también y, de esta unión
pasional, nace en 1890 una hija, bautizada Pilar (doña Celsa era
maña y, como tal, devota de la Virgen del Pilar). Desde entonces, El
Espartero se convierte en el marido extraoficial de la ganadera,
dándole su nombre a la pequeña Pilar, algo que, seguramente,
aumentó con creces la fama de Doña Celsa dentro de la buena
sociedad sevillana que, por mucha notoriedad que pudieran darle sus
toros, no olvidaba que había hecho carrera gracias al estribillo que
cantaba junto a sus compañeras de la Folies Arterius: “…suripanta,
la suripanta/ maqui truqui de somatén/ Sun faribún, sun faribén/
maca trúpitem sangasiném”. Tan famoso se hizo el coro y aquéllas
que lo cantaban, que empezaron a llamarlas “las suripantas”, y
años después, la RAE hubo de incorporar la palabra a su
diccionario. El martes 17 de mayo de 1892, la nueva ganadera debuta
en Madrid: seis toros de Doña Celsa Fontfrede estoqueados por Rafael
Molina “Lagartijo”, Manuel García “Espartero” y Enrique
Vargas “Minuto”, que confirma alternativa. Los toros, excepto el
primero, fueron pequeños, con poca cara, sin mucha fuerza, y el
sexto impresentable, pero tercero y sexto salieron nobles. Por
supuesto, esta corrida trajo consigo bastante morbo, gracias a la
presencia en el cartel del Espartero, cuyo
romance con la ganadera era un secreto a voces.
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lunes, enero 20, 2014
viernes, enero 17, 2014
Sobre Celsa Fontfrede ganadera de Concha y Sierra (1era parte)
Leo en el último volumen de Tierras Taurinas la sorprendente historia de la ganadería de Concha y Sierra , en la misma destaca la figura de Celsa Fontfrede quien tiene en sus manos la ganadería entre 1887 y 1929.
La historia empieza con la llegada de las "bicycle riders" a Sevilla:
“Todos los Parladé estaban locos -cuenta sin reparos Joaquín Vázquez Parladé, uno de los sobrinos-nietos de Fernando (ver opus 8) y tatarasobrinonieto del gran don Vicente José-: Andrés, el mayor, dilapidó su fortuna excavando las ruinas de Itálica. Fernando, el ganadero, lo hizo lanzándose a la conquista de todas las bailarinas, actrices, acróbatas o divas que en aquel entonces pasaban por Sevilla, y no eran pocas. En cuanto al más joven, Luis, fue un jugador compulsivo que apostaba como un poseso”. De hecho, cuando llegan a Sevilla las “bicycle riders”, Fernando Parladé se ha labrado, desde sus mocedades, una hermosa reputación de juerguista irrevocable, ya que, apenas salido de la pubertad, frecuentaba a las artistas de cascos ligeros que trabajaban en los cabarets, siguiendo el rastro de su “niñero”, quince años mayor que él, Fernando de Concha y Sierra. Después de una costosa cacería –las dos chavalas no eran tontas- los Fernandos pudieron inscribirlas, por fin, en su registro de piezas cobradas, aunque quizás fuera al revés.Tierras Taurinas vol. 24
Lo que parece cierto –o, al menos, así lo afirma Joaquín- es que la belleza exuberante de las “tandemistas” pudo más que los convencionalismos sociales, de manera que el resultado final superó las esperanzas de sus galanes: a pesar del escándalo, Fernando de la Concha y Sierra se casó con Celsa Fontfrede, mientras que Fernando Parladé le puso a Natalia Brambatti un piso burgués."
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