Si la única razón por la que se le perdona la vida a un toro es por su bravura, no se entiende por qué salvó la suya Guadalupano, cárdeno cornichico que dobló las manitas al sentir el acero de la pica en el lomo, y que no peleó porque era manso (y lo sigue siendo, puesto que aún vive). A cambio, embestía con alegría y fijeza, como un perro que persigue estúpidamente una toalla.
(...)Castella lució ayer un terno blanco bordado con hilos negros, pero volvió a enfrentarse a novillos sin trapío, como de costumbre.
Foto: Burladero
Nota: Añadir que he llegado a este artículo gracias a Xavier
