Mostrando entradas con la etiqueta Gómez de Lesaca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gómez de Lesaca. Mostrar todas las entradas

lunes, febrero 16, 2015

La triste fortuna de Manuel Lagares (Gómez de Lesaca)


Manuel Lagares no tuvo suerte en la vida. Debió de ser hombre difícil, de carácter y entereza. Formó parte de las cuadrillas de Manuel Domínguez Desperdicios, de Antonio Carmona El Gordito, de Manuel Fuentes Bocanegra y, circunstancialmente, de la de Frascuelo.
Intentó ser matador de toros. Participó en dos medias corridas en Baeza, los días 19 y 20 de mayo de 1878. En dichos festejos se lidiaron toros procedentes de una ganadería de Navas de San Juan, -cuyo nombre no he encontrado en las crónicas- que fueron "bravos, duros en la pelea y nobles". Catorce caballos quedaron sobre el ruedo. Parece que no estuvo bien Lagares con la muleta pero, en cambio, cuentan que mató "acertadísimo". Poco después, volvió a ejercer como banderillero.
En la interesante, agorera y severa obra Necrología taurina, (Madrid 1889 ), “El Niño de Dios” escribió de Manuel Lagares:
"Este infeliz torero no debía citarse en esta necrología puesto que, su muerte fue debida a haberse suicidado el 20 de junio de 1878, en un rapto de locura. Trece meses antes, había sufrido una atroz cogida en la plaza de Madrid, al saltar a la garrocha. Retirose a Sevilla después del desgraciado incidente, y hay quien asegura que atentó contra su vida porque le pareció imposible recobrar su salud".
Ese día, 20 de junio, debía participar en una corrida en Sevilla, en la cuadrilla de Frascuelo. VIvía desasosegado, aquejado de hipocondría y hondas melancolías. Un médico desautorizó su participación en el festejo pues, según una noticia de prensa, “el muchacho no estaba bueno de la cabeza”. Por todo remedio le recetó unos cauterios. Lagares no pudo más. Hacia las cinco de la tarde, según unos, se marchó a una barbería y con una navaja de afeitar se degolló. Según otros, el suceso se produjo en su casa. Antes, había enviado a su mujer a buscar un refresco. Da igual. En 1865, el vicealmirante Robert Fitz Roy, comandante del HMS Beagle, en el que Darwin realizó su vuelta al mundo, eligió el mismo tipo de muerte. Son desastradas coincidencias, quizás nada extrañas en hombres de mucho orgullo, acostumbrados al riesgo y tan conocedores de su mérito como de su triste fortuna.
Respecto a la cogida de Madrid, de mayo de 1877, se debe indicar que Lagares al ejecutar la suerte rozó los cuartos traseros del toro -llamado Miserable, de la ganadería de Veragua- y éste se revolvió "llegando la fiera a meter tres veces la cabeza antes de que pudieran auxiliar los capotes a la víctima". Previamente, Manuel Campos saltó a la garrocha, sin contratiempo alguno. Un individuo que allí estaba había prometido un cigarro al mejor.

Gómez de Lesaca @delavidaantigua

miércoles, octubre 27, 2010

Ortega, filósofo y taurómaco (Gómez de Lesaca)

La actitud de los regeneracionistas y de los del 98 hacia la tauromaquia fue, en general, hostil. Veían los toros como una manifestación del atraso de España y una muestra de oscurantismo. La Institución Libre de Enseñanza, cuya influencia en las elites intelectuales de la época fue muy intensa, inspiraba esta idea. La verdad es que tuvo un éxito discutible si tenemos en cuenta la gran afición y el interés por el toreo de tantos autores del 27. Una figura fundamental para comprender este cambio, el abandono del tópico antitaurómaco, fue José Ortega y Gasset.
Los toros comienzan a ser no sólo aceptados sino motivo de enorme interés e incluso entusiasmo para intelectuales y artistas. Es cierto que no fue sólo Ortega el que actuó como redescubridor de la tauromaquia. Ahí estaban Pérez de Ayala y la personalidad interesantísima y sugestiva de José María de Cossío con el que Ortega, como es sabido, tenía una buena amistad. Asimismo la opinión del filósofo pesó mucho en su decisión de afrontar su gran obra Los Toros. Por su parte, Ortega no llevó adelante su proyecto Paquiro o de las corridas de toros, aunque sí nos dejó un imprescindible ensayo sobre tauromaquia. La Guerra Civil y la vida casi errante del filósofo tras ésta no eran las circunstancias adecuadas, incluso en términos orteguianos, para tales empresas intelectuales.
El interés de Ortega por la tauromaquia no era fruto del snobismo, ni fue consecuencia de una conversión repentina sino que venía de lejos. Los orígenes están, en opinión de su hermano Manuel, en la finca de Dehesas Viejas, propiedad de su tío José Gasset, ubicada en la provincia de Guadalajara donde, al parecer, el filósofo dio algunos lances a un becerro llamado Vinagre. Tras esta experiencia ya nada tendrá remedio. Además acudía a la plaza con su padre, José Ortega y Munilla, y sus hermanos.
Muchos años después, su biógrafo José Luis Abellán, describe los veranos de Ortega, antes y después de la Guerra, en Zumaya, “un lugar mítico de la geografía orteguiana”. La elección de este lugar para pasar la temporada estival se debió a la influencia de Zuloaga, amigo antiguo con el que compartía la afición por los toros y el frontón. También los acompañaba Juan Belmonte. Ortega mantuvo asimismo una buena amistad con el otro gran Ortega del siglo XX, el diestro de Borox, y con Antonio Díaz- Cañabate. Por cierto, Joaquín Vidal hizo una entrevista excelente a Domingo Ortega en 1985 en la que se dan referencias al respecto.
--
Foto: José Ortega y Gasset toreando en la plaza de toros de Azpeitia (Archivo General de Gipuzkoa)

miércoles, junio 30, 2010

"La amargura del triunfo:la novela de Ignacio Sánchez Mejías" (Gómez de Lesaca)


La amargura del triunfo: la novela de Ignacio Sánchez Mejías.

La amargura del triunfo es una novela inédita de Ignacio Sánchez Mejías recuperada y estudiada por Andrés Amorós. Es un libro de gran valor tanto por la calidad de la introducción del catedrático y crítico de ABC como, por supuesto, por la propia narración. Ya sabemos todos los aficionados a la Historia de la tauromaquia que Ignacio Sánchez Mejías fue un hombre fuera de lo común y que representó como pocos el espíritu de la generación de entreguerras en España. Su personalidad, ajena a los estereotipos al uso, va más allá de su relación con la Argentinita y los escritores del 27.
En La amargura del triunfo se percibe un romanticismo duro, desesperanzado con las justas concesiones al costumbrismo. José Antonio Moreno, el personaje central de la novela, es un torero, un hombre de acción caracterizado por su pesimismo heroico, de origen humilde, hecho a sí mismo, defensor de una aristocracia natural, no basada en el linaje ni en los privilegios de casta sino en el valor y el mérito personal. Se desprende de sus planteamientos una moral individualista, marcada por la llamada de lo épico, compartida por tantos toreros célebres u oscuros, recordados u olvidados. Espeleta, su mozo de espadas, demuestra una seriedad estoica, sentenciosa y realista. Quizás desesperanzada a fin de cuentas pues casi siempre es muy poco lo que separa la victoria del desastre. En los triunfos, la melancolía está siempre muy cerca. Ya lo escribió Ignacio que sabía esto muy bien: en la vida se esconden por las esquinas todas las malas partidas.
La idea que tantos tenemos de Ignacio Sánchez Mejías coincide con la naturaleza del héroe de la novela. Además está bien escrita, con detalles de gran interés para el aficionado. Quedan muy bien reflejados, con pinceladas cortas y precisas, el ambiente taurino de los años veinte, trenes y hoteles, la crítica al señoritismo, la relación con los revisteros, las faenas del campo y la vida de los toreros durante la temporada, el recuerdo de Joselito, la presencia de Guerrita, Madrid, Sevilla, Córdoba, Santander... Vale la pena, y mucho, leerla.

Sánchez Mejías, I., La amargura del triunfo, Berenice, 2009. Edición e introducción de Andrés Amorós.

lunes, abril 12, 2010

Toros en vísperas de la República (Gómez de Lesaca)




TOROS EN VÍSPERAS DE LA REPÚBLICA
(Gómez de Lesaca)
“-¿Qué te trae por aquí
-Vengo, Señor –le dije-, a despedirme de Vuestra Majestad.
Hizo como si no comprendiera, y preguntó:
- ¿A dónde te marchas?
-Al campo republicano, Señor”

Así comunicó Miguel Maura al Rey su paso a las filas republicanas. Era hijo de Antonio Maura y republicano de derechas, ministro de Gobernación en el Gobierno provisional y autor de "Así cayó Alfonso XIII", una de las obras fundamentales para conocer el proceso previo al hundimiento de la Monarquía y a proclamación de la II República.

Su libro tiene una referencia taurina de especial interés. El domingo 12 de abril de 1931 estaban reunidos en el restaurante Buenavista, al final de la calle de Alcalá de entonces, Miguel Maura, Pedro Rico y Fernando de los Ríos, componentes de la candidatura republicana. Ese día se celebraba la primera corrida de abono en Madrid y recordaba Maura como Pedro Rico, republicano de izquierdas y aficionado, “se atrevió a pedirnos autorización para abandonar el campo de la lucha e irse a los toros, para no perderse la excelente corrida de ese día primaveral de abril”. Toreaban ese día Saturio Torón, Antonio Posada, en sustitución de Martín Agüero, y Fausto Barajas. Los toros eran de la ganadería salmantina de Bernaldo de Quirós, antes de Tovar, gordos, mansos y resentidos de las patas. El toro que cerró plaza fue castigado con banderillas de fuego. Saturio Torón confirmó su alternativa con Valentón al que banderilleó bien y mató recibiendo aunque tras atravesar al toro. Posada estuvo valiente en el primero, derrochando torería, y voluntarioso en el tercero. Pero la gente estaba inquieta y no sólo por la lidia. Los rumores iban y venían en ese día fatal para la Monarquía. Cuenta Maura respecto a Rico:
"a la entrada, cuantos le conocían que eran muchísimos, extrañados al verle en tal día y ocasión tan lejos del lugar de la contienda, le preguntaron el motivo de su deserción

-“Hemos ganado. Nos sobran miles de votos. Por eso estoy aquí”. […] Corrió por la plaza la gran noticia, como el consabido manoseado “reguero de pólvora” y, al tiempo de dar comienzo el paseo de las cuadrillas, la plaza entera, puesta en pie, rompió en una ovación cerrada y clamorosa a nuestro hombre. Pedro Rico hubo de subir al asiento de su barrera y saludar a la muchedumbre, como si acabara de matar, recibiendo, al miura más marrajo del cortijo de los Cuartos. La ovación se repitió cada vez que los matadores advertidos por la primera, le brindaban su toro respectivo […] unos días más tarde, al constituirse el Ayuntamiento, en el que faltaban todos los triunfantes que ocupaban cargos en la República recién nacida, hubo de elegirse alcalde. El recuerdo de aquella estrepitosa popularidad designó a Pedro Rico como insustituible, y así ocupó la Alcaldía, que desempeñó durante los seis años de la República, hasta la Guerra Civil "

Respecto al brindis sólo consta, en los periódicos que he consultado, el de Fausto Barajas que llevó a cabo “una faena valiente y torera, por alto y por bajo, seguida de media estocada y un descabello” aunque el toro, sobrero de la viuda de Soler, daba para poco pues era manso y cojo. Y, a pesar de todo, cumplió en varas.
Unos dos meses después, el 17 de junio, Pedro Rico, ya alcalde, presidió la inauguración de Las Ventas con un festejo, organizado por el Ayuntamiento de Madrid, a beneficio de los obreros parados. Rico estuvo acompañado por Guerrita, Antonio Fuentes, Bombita, Vicente Pastor, Machaquito, Guerrerito, Bienvenida y Torquito. Asistieron también Alejandro Lerroux, Salazar Alonso y Niceto Alcalá Zamora. Incluso algún diario de Madrid mencionaba la presencia de Manuel Azaña. Torearon Fortuna, Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Fausto Barajas, Luis Fuentes Bejarano, Vicente Barrera, Armillita Chico y Manuel Bienvenida. Las reses fueron de Juan Pedro Domecq, Julián Fernández, Aleas, Concha y Sierra, Graciliano Pérez Tabernero, Coquilla y Rincón. Según El Imparcial la corrida fue “un verdadero desastre taurino por la mansedumbre del ganado”.

miércoles, febrero 10, 2010

Ramón y el Torero Caracho (Gómez de Lesaca)

RAMÓN Y EL TORERO CARACHO

“Todo lo que no tenga humorismo se convierte en un cuento de miedo que no mete miedo a nadie”. Esto afirmaba en un ensayo, publicado en Revista de Occidente en 1928, Ramón Gómez de la Serna. Noctámbulo, bohemio y cabeza de una de las tertulias más célebres de su tiempo. Era único y creo que nunca se reconocerá suficientemente su importancia en la cultura española. Dio cabida en su obra al mundo de los toros. Escribió El torero Caracho (1926) una novela de tema taurino que nada tenía que ver con el costumbrismo al uso. José Alsina en su artículo “El "Ramonismo" en los toros” (ABC, 1-4-1927) escribió que nunca se había aplicado, hasta el momento, “la lente de una literatura y de una comprensión modernas” a la fiesta nacional. Es posible que esto sea excesivo pero, por supuesto, la obra de Ramón es de aconsejable lectura para los aficionados a los toros y a las letras, en especial para los que quieran conocer el periodo de las vanguardias en España del que otro gran vanguardista, Juan Belmonte, fue coetáneo. El ejemplar se vendía a cinco pesetas, el precio que tenían, más o menos los libros de Ortega en aquéllos años. Fue un libro bien recibido por los lectores más inquietos y modernos en aquellos años finales del reinado de Alfonso XIII. Así, en La Gaceta Literaria de primero de marzo de 1927, con motivo del carnaval, se publicó una caricatura de Ramón como Caracho. Aparecía muy derecho y de perfil. Sin sentar doctrina, que no es mi intención, creo que una de las claves de "El torero Caracho" es la reflexión sobre la muerte, los muertos y lo fúnebre, asuntos en los que estaba Ramón muy interesado. El humor negro se une a cierta visión melancólica de las cosas y sin acritud alguna. Las referencias taurinas son el resultado de su gran capacidad de observación, de escribir tras conocer bien la vida de todos los días, la calle y el ambiente de Madrid. Se narran hasta seis corridas de toros. Describe además la primera tarde de la temporada, con el público camino de la plaza, nervioso y alborozado, con un estilo ágil y brillante. Tiene mucho de cine mudo a lo Harold Lloyd. De gente que se mueve mucho y con prisa. No era para menos. En este pasaje un aficionado difunto decide posponer su entierro pues “no pudo soportar el ludibrio de pasar frente a la plaza y no entrar en tan solemne día de apertura”, con el natural agrado y toda la compresión de su comitiva formada por grandes aficionados “y por eso todos encontraron de perilla asistir a la corrida”. Y allí estaba el cadáver, “con color de blandón”, dispuesto a ver al menos tres toros antes de continuar el triste viaje al cementerio, allí donde el patio de los nichos tiene “algo de plaza de toros de la muerte”, donde siempre es domingo. En otro lugar de la novela menciona “una ovación delirante, de almas del purgatorio redimidas” dedicada por el público al torero por una poderosa estocada. Es difícil dar cuenta de un entusiasmo mayor. Pasajes de este carácter son muy frecuentes, no en vano el mencionado José Alsina calificó la obra como “la gran greguería del torero y de los toros”. Todo lo descrito da una leve idea de la brillantez del libro cuya trama está repleta de ingeniosas sorpresas como la descripción de la paella como una comida “en que los pimientos dan largas a los cangrejos y los restos de pollo son caballos”. Para acabar mencionaré otra greguería: los caballos de picar llevaban los ojos vendados como si le dolieran las muelas en los ojos. Fue muy alabada, nada menos, que por Gregorio Corrochano.

martes, octubre 06, 2009

Retrato de un aficionado del tiempo de Fernando VII: don Felicísimo Carnicero en "Los Apostólicos" de Benito Pérez Galdós (Gómez de Lesaca)



Retrato de un aficionado del tiempo de Fernando VII: don Felicísimo Carnicero en Los Apostólicos
Gómez de Lesaca
No era Pérez Galdós aficionado a los toros y pocas referencias a la fiesta en su obra. Una excepción es su novela Los Apostólicos (1879), en la segunda serie de sus Episodios Nacionales. La trama se desarrolla en los años finales del reinado de Fernando VII, cuando ya los partidarios de Don Carlos afilaban los sables y engrasaban las armas. Entre los personajes de la obra destaca la figura de don Felicísimo Carnicero, viejísimo, acartonado, agente de negocios o solicitador, con muchos y buenos clientes entre el clero, absolutista neto y aficionado a los toros. Allí, tras su mesa camilla, en la que alternaban sobre el hule legajos, jícaras de chocolate y cocidos, hacía tertulia política, llevaba sus cuentas, pues además de tacaño era un tanto logrero, y hablaba de toros. Acudía también a estas reuniones un protegido suyo, antiguo cortador y dependiente del matadero de Madrid llamado Tablas descrito por don Felicísimo, con desdén por su falta de arrestos, como “un chiquilicuatro que, por no tener alma no ha emprendido el oficio de mirar cara a cara a la cuerna y está de demandadero en la cárcel de la villa”. Entre los méritos de Tablas estaba el haber anunciado la venida a la Corte de Francisco Montes Paquiro, “un enviado de Dios para restablecer la decaída y casi muerta orden de la tauromaquia”. En esto estuvo acertado. Es también superior la descripción que hace el Tablas de la fuga del liberal Olózaga de las cárceles fernandinas como si de una crónica taurina se tratase. Don Felicísimo no dejaba deploraba los malos tiempos por los que pasaba el toreo de 1831, atacaba la fundación de la Escuela de Tauromaquia y añoraba los felices días de antaño, pues era partidario declarado de Costillares y amigo de Pepe Hillo. Su rechazo a la Escuela dirigida por Pedro Romero se fundamentaba en que no quería ver al diestro, a quien tanto admiraba, “hecho un catedrático de brega”. Tampoco le gustaba este conservatorio taurómaco, aunque por otras razones, a Calomarde, ministro de Fernando VII y gran carcunda, que se enfrentó en esta cuestión al también ministro y hacendista López Ballesteros, menos reaccionario y más inteligente, aunque no por derecho sino a través de su subordinado Manuel González Salmón. La opinión de don Felicísimo respecto a la decadencia del toreo no carecía de fundamento, justo antes de la aparición de Paquiro.

jueves, junio 18, 2009

Cosas de Frascuelo (Gómez de Lesaca)


COSAS DE FRASCUELO
En 1892 Salvador Sánchez Frascuelo fue padrino de una boda. Se casaba su hija Manuela con un afamado odontólogo, el doctor Porras. La ceremonia fue en Madrid, en la mañana del 14 de septiembre y se celebró en la Iglesia de Santiago. La gente se agolpaba cerca del templo y entre las calles de San Quintín y Arenal, donde estaban los domicilios de los novios. Su llegada a la iglesia fue recibida con vítores y aplausos. No cabía un alma y los guardias se veían apurados para mantener el orden. Lo mismo que el padre Barbajero cuyo templo parroquial estaba abarrotado. Causaba admiración ver los confesionarios y púlpitos ocupados por niños y mozos. El calor y los agobios provocaron desmayos e incluso se malogró un embarazo. Todo esto debió de ser tremendo. Frascuelo iba de corto, de color negro y tocado con un calañés. Llevaba alhajas valoradas en veinte mil pesetas: unos grandes brillantes en la pechera, una cadena de reloj que “parecía el calabrote de un barco” y un bastón con un enorme puño de oro cincelado. De corto iba también Francisco Sánchez, el otro Frascuelo, y allí estaban Badila, Chuchi, Ángel Pastor y Ángel López Regatero. Y el frascuelista confeso Peña y Goñi. Fue testigo el duque de Sesto, gran amigo de Salvador Sánchez desde los tiempos del Batallón del Aguardiente, cuando defendían la causa alfonsina en vísperas de la Restauración. Acabó el oficio religioso y la gente no se movía de su sitio. Esperaba la salida del diestro, reacio a abandonar la sacristía. Pensaba, ingenuamente, que se despejarían las calles. Pero no, había que ver a Frascuelo. Salió al fin. Unos doscientos zagalones corrían tras su carruaje por las calles. La Carrera de San Jerónimo estaba hasta arriba. El torero lanzaba, desde la ventanilla del coche, monedas a puñados. Dicen que dos mil pesetas. Así eran las cosas, con rumbo y generosidad homérica. Y Frascuelo el más grande. En medio de la confusión dos muchachos fueron atropellados. El maestro se informó de sus nombres y domicilios para que recibiesen el correspondiente socorro. Hubo un banquete en el Hotel Inglés y después los invitados se trasladaron a la casa del novio, en la calle Arenal. Allí acudieron unas trescientas personas y desde los balcones se lanzaron más monedas. Hubo algunos aporreados. Las autoridades para evitar desgracias cortaron el tráfico y los antitaurinos hablaban del atraso de España y todas esas cosas. Todo esto aparece descrito con detalles en periódicos viejos, de los que tomo estos datos. Cuenta, además, Natalio Rivas que no quiso Frascuelo que hubiese baile, pues estaba presente la mujer de Mazzantini, que toreaba esa misma tarde en Haro, y no era cuestión estar de danzas cuando un hombre se jugaba la vida frente a un toro.
Gómez de Lesaca

martes, marzo 10, 2009

De una vieja entrevista a Juan Belmonte (Gómez de Lesaca)

DE UNA VIEJA ENTREVISTA A JUAN BELMONTE (1932)
-La vida nuestra –sigue Juan- es mucho menos divertida y triunfal de lo que la gente se imagina. Hasta los veinte años luchamos con el hambre. De los veinte a los cuarenta luchamos con el Miedo. De los cuarenta en adelante, cuando se ha logrado la maestría: cuando en todas las profesiones se rinde la mejor labor, nosotros no servimos ya, somos unos inválidos…entonces encontrándonos sin oficio y sin camino, nos refugiamos en el campo, que es el único trabajo que entendemos algo…Nos refugiamos los que podemos reunir dinero para comprar un poco tierra durante nuestra carrera taurina…
-Que no son todos los toreros…
-¿Todos?. Piense usted en los millares de toreros que habrá habido en Andalucía en los últimos cuarenta años, y luego cuente los que han conseguido llegar a ser labradores: los “Bomba”, “el Guerra”, “Machaquito”, Fuentes, “El Algabeño”, “Bienvenida”, Ignacio Sánchez Mejías, yo…Una docena si acaso.
[…]
-En suma: la idea de Ricardo “Bombita” no es pedir que se nos declare ciudadanos privilegiados ni nada por el estilo. Sólo quiere - queremos- que no se nos mire como a unos parásitos. Nuestras tierras no son un don gracioso de la Fortuna. Las hemos ganado con nuestro trabajo y nuestro dolor. Torear es duro. Da mucho miedo. Nadie que no sea torero puede saber el miedo que da. Cuando se ha recibido una cornada y se ha pasado en la cama dos meses sufriendo, es horrible tener que acercarse a un toro. La carne herida se le subleva a uno, se le quiere separar del cuerpo, escaparse… Va uno avanzando hacia el bicho y nota como la pierna o el brazo, la parte del cuerpo que llevó la cornada, se le echa para atrás, se resiste a seguir…Hay que tirar de ella, llevarla a rastras hasta el toro…
Belmonte, que habitualmente es un hombre un poco frío, se anima evocando la angustia de la corrida. Habla vivamente, casi con pasión.
(Juan Belmonte a Vicente Sánchez Ocaña, cortijo “La Capitana”, Estampa, 4-6-1932)

miércoles, febrero 18, 2009

Tauromaquia antigua: Coletos (Gómez de Lesaca)


TAUROMAQUIA ANTIGUA: COLETOS
Gómez de Lesaca
El Diccionario de Autoridades de 1729 describe el coleto como una “casaca o jubón, que se hace de piel de ante, búfalo u de otro cuero”. Los había también de venado, cordobán, gamuza e incluso adobados con ámbar, lujosos y propios de gente principal. Estaban emparentados con esta prenda los coletillos, sin faldones, y la cuera, propia de hombres de armas. Eran confeccionados por los coleteros que, cuando podía ser, formaban gremio aparte y bien diferenciado de otros oficios relacionados con cueros o corambres. Aunque su precio era alto, aparecen con relativa frecuencia en inventarios de finales del siglo XVII y principios del XVIII. El coleto era un atavío frecuente, junto al correón bien ceñido, en la lidia a caballo y a pie, sin embargo su uso quedó relegado a lo largo del setecientos, cuando los toreros adoptaron el traje de majo. Protegían a los lidiadores de las cornadas de los toros. Esto explica que fuese aconsejado en tratados de tauromaquia y libros de gineta, como la Cartilla de torear, de la biblioteca Osuna, estudiada por Cossío. Dice la citada obra: De ante ha de ser el vestido/ para el cuerpo resguardar/que no le pueda calar/aunque él se vea oprimido. También protegían de los letales efectos de estoques, dagas y cuchillos jiferos, lo que explica su difusión entre soldados, cazadores, jaques, viajeros, recaudadores de impuestos y escribanos del Crimen, por citar algunas gentes de vida arriesgada, expuestas a que les diesen jicarazo. Hubo épocas en las que había que tener licencia del Rey para vestir un coleto, como bien nos recuerda Miguel Herrero en su obra Oficios populares en tiempos de Lope de Vega, escrita en los años treinta. Su eficacia era, con todo, relativa, que pocas cosas hay seguras en este mundo. Jerónimo de Barrionuevo, un clérigo amigo de mandar y recibir noticias de sucesos y prodigios, cuenta como en 1656 un caballero recibió una buena cornada en la Corte sin que le valiese coleto alguno: Fueron los toros unos leones. Nadie les hizo cocos que no lo pagase. Salieron Melgarejo y Perina a rejonear, y a entrambos hirió a uno mortalmente. Melgarejo pasado un muslo de parte a parte, sin valerle llevar un coleto de ante doble, que le atravesó como lezna.
Pintura: "Retrato de El príncipe Baltasar Carlos a caballo" de Velázquez

jueves, enero 15, 2009

Tauromaquia antigua: Toros del S. XV (Gómez de Lesaca)

El Condestable don Miguel Lucas tenía mando en plaza en Jaén cuando la Edad Media acababa. El origen del personaje era tan oscuro como la autoría de su crónica. Consta que fue amigo del boato, de los ejercicios caballerescos y de la tauromaquia, hacia la que hubo gran afición en los años de Juan II y Enrique IV. No faltaban, además, emociones fuertes pues muy cerca estaba la frontera con el Reino de Granada y las algaras, ahumadas y entradas eran cosa cotidiana para los de uno y otro lado. Hay varias referencias a lances con toros en la Relación de los hechos del muy magnífico señor don Miguel Lucas, muy digno condestable de Castila. Doy cuenta de algunos y de manera breve.
En una ocasión, era el año 1460, se celebró la venida al embajador del Rey de Francia. En el alcázar de Bailén se corrieron unos toros a los que se “mandó soltar una leona muy grande que allí tenía, la cual espantó toda la gente que andava corriendo los toros y anduvo a vueltas dellos; pero quiso Dios que no fizo daño a persona alguna”. Una vez acabado el festejo y muertos los toros, dice el cronista, “el leonero tomó la dicha leona y llevola a encerrar do solía estar”.
En el mismo año de 1460, ya en Jaén, se lidiaron “çinco o seis toros” y “como el uno dellos tomare en los cuernos un ombre, debajo del mirador donde estava [el Condestable], con muy grande discreción e presteza le socorrió, echando a los cuernos del toro un coxin de brocado que debaxo de los cobdos tenia y el toro, por tomar el coxin, afloxó del ombre y asi fuyó y escapó con la vida”. En ocasiones como ésta nuestro personaje gustaba de lanzar frutas y otras cosillas, para obsequiar al numeroso público que asistía a estos regocijos y festejos. Tampoco faltaban los atabales, chirimías y ministriles.
Eran toros cerriles y difíciles, criados en las sierras cercanas. A veces demostraban bravura y fuerza, como los que se jugaron en enero de 1465, “los quales fueron tales y tan bravos, que nunca ombres mejores los vieron; tanto que alcanzaron y trompicaron con los cuernos quince o veinte personas, pero plugo a Nuestro Señor, que ninguno non peligró ni murió”. También embistió una res contra ciertas gradas construidas sobre un pilar y “quando el toro viníe por allí, por fuir, caían munchos en el dicho pilar y el toro en pos dellos, que era el mayor plazer del mundo mirallo”.
Gómez de Lesaca

miércoles, diciembre 10, 2008

TAUROMAQUIA ANTIGUA: SOBRE LA MUERTE DE DON DIEGO DE TOLEDO (1593).- Gómez de Lesaca-


TAUROMAQUIA ANTIGUA: SOBRE LA MUERTE DE DON DIEGO DE TOLEDO (1593).
Gómez de Lesaca

Don Diego de Toledo era nieto del III duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo, general, gobernador de los Países Bajos y taurómaco probado. Fue don Diego hijo natural, o “de ganancia” como decían en el siglo XVI, del conde de Lerín. Murió joven, con veinte años y en un festejo taurino. Se celebraba en Alba de Tormes con motivo de la libertad de su hermano don Antonio Álvarez de Toledo, V duque de Alba, caído en desgracia ante Felipe II por haber casado sin la real licencia. Sobre este hecho y acerca de la elegía dedicada a don Diego, atribuida a Pedro de Medina, su gentilhombre, y a Lope de Vega, escribieron José María de Cossío y Joaquín de Entrambasaguas.
La tragedia vino precedida por varios presagios. Los narra el cortesano Luis Zapata. Un toro ensogado que corría por las calles de Alba entró en las habitaciones de don Diego y arremetió contra su cama. Destrozó los colchones y abandonó las estancias con las almohadas entre los pitones. Otro día, cuando estaba don Diego arrodillado en misa, se le hundió el suelo bajo sus pies. Dicen las crónicas que “se vieron en trabajo de le sacar”. Después un caballo de su hermano, al ver a don Diego, comenzó a temblar y se murió. No bastaron estos prodigios. Lo más agorero acaeció cuando “los sacristanes que la habían de repicar por su honra y regocijo, al entrar él a la plaça, encomiençan a doblar y tocar a muerto como si le llevaran a enterrar”. Mal cariz tomaban las cosas. Le aconsejaron que se guardase de salir a jugar los toros. Don Diego, animoso, como buen capitán de caballos que era, pasó por alto advertencias y agüeros. Era el 17 de mayo de 1593.
No murió de una cornada, ni de un derribo. Lo narra Luis Zapata: “comiença a andar con un toro, pónele un garrochón en la frente, de un rebufo el toro, hácele correr la mano y de su mismo garrochón el cuento metesele por el ojo derecho y sale al colodrillo a la otra parte, y cayó luego muerto en la plaça”.
En esto último hay reservas, pues al parecer su “desastrada muerte”, como la describe Cabrera de Córdoba, fue tres días después.

lunes, diciembre 01, 2008

"Un Toro en el Camino" - Juan Luis González Ripoll (Gómez de Lesaca)


UN TORO EN EL CAMINO
"Los Hornilleros" es una obra sobre la vida en la Sierra de Segura de hace cien años. La escribió Juan Luis González Ripoll. Un libro sobre gente del campo, pastores e historias de lobos en una de las serranías más agrestes de España. Recoge un episodio que será del agrado de los aficionados y amigos de las historias de toros. Iba el narrador con su abuelo, camino de Villanueva del Arzobispo, allá por 1910 ó 1912 y:
“En la vega de los Marín nos encontramos una piara de vacas pastando. Eran ganado mostrenco, pero levantiscas y tirando a bravo. Aunque no estaban acarteladas, las corrían en las ferias de los pueblos y daban mucho que hacer. Eran lo menos 200 vacas rubias, más vivas que ratones, y andaban la sierra de una punta a otra. Mi abuelo y yo cruzamos por medio de la piara, y ya llegando a la linde de las Bonas, nos salió un toro cunero que tenían de semental para las vacas aquel año, y resultó ser un bicho peligroso. Se quedó parado, mirando a la yegua de mi abuelo, que iba delante, como si no hubiera visto una yegua en su vida, amusgando las orejas, que es mala seña. Mi abuelo desvió un poco la yegua, sin perder de vista al toro, y ya parecía haberse calmado, cuando de pronto, pegó un bufido y enristró con la yegua y le tiró un gañafón que si llega a enhebrarle la entrepierna, como era su intención, allí mismo acabamos el viaje. Pero la yegua anduvo lista: cuando vio al toro coger carrendilla, dio la espantada y salió corriendo y soltando coces, como si hubiera visto al demonio. Mi abuelo, ¡joo-jo-joo! Queriendo sujetarla, y el toro detrás […] Mi abuelo mientras tanto, dándole regates al toro, como si fuera un rejoneador. Y entonces ocurrió lo más grande; en una de aquellas medias vueltas, lo veo que echa mano a las alforjas que iban sobre los riñones de su yegua, y allí escarbujeando, sacó un pistolón de dos cañones, empavonado, que llevaba liado en unos trapos, que sería una herramienta del tiempo de los franceses. En un santiamén le quitó el atadijo de trapos y le amartilló los perrillos. En éstas, el maula bujarrón del toro se le vino otra vez encima, y mientras la yegua le volvió la grupa, enfiló mi abuelo con él y le metió una bala por encima del ojo. Pero el toro no hizo ni más ni menos que ponerse a sacudir la cabeza, como si le hubiesen tirado una almesa con un cañuto, pero se quedó parado. Mi abuelo sin dejar de apuntarle, le preguntó:
-¿te conformas con esa o quieres otra?
El toro agachó la cabeza resoplando, zamarreando los cuernos como diciendo que ya tenía bastante, pero, en realidad, lo que hacía el maldita madre era preparar el envite para enristrar otra vez con la yegua. Mi abuelo le conoció las intenciones y, aprovechando que tenía la cabeza gacha le soltó otro tiro, y la bala le entró por la nuca, en lo blando del tupé, donde les dan la puntilla. El toro, con todo su corpachón, hincó el hocico en la hierba y se quedó allí despatarrado y, como se suele decir, no le dio tiempo ni a decir: la petaca para mi hermano”.
Una vez fuera del aprieto, sigue el relato, decidieron seguir discretamente su camino, para evitar problemas. Dos meses después supieron de las indagaciones del vaquero sobre la muerte del toro, pues la posición en la que estaba era un tanto extraña. Se ve que no descubrió los impactos, entre otras posibles razones, por “estar ya comido de los bichos”. Pensó que la res había enfermado de manera fatal por haber pastado “hierba orinada de erizo”.
En fin, una buena lectura para las tardes de invierno, al calor de la lumbre o del modesto y galdosiano brasero.

martes, noviembre 04, 2008

Más sobre Ramón Gaya (Gómez de Lesaca)


Decía Ramón Gayá en, Velázquez, pájaro solitario :

“Las grandes obras españolas nacen como a regañadientes, pero se mantienen después en pie con una feroz altanería. El arte español, lo español en suma, es como si tuviera, no ya el atrevimiento y el descaro de existir –según vemos en lo italiano-, sino el desprecio y la arrogancia de existir”.

“El desprecio y la arrogancia de existir”.Palabras serias. Pensemos en Juan Belmonte. Desde el inicio de su camino, trajes de luces alquilados, hasta su última parada en Gómez Cardeña. Recordemos la mirada de Pedro Romero, retratado por Goya. Soledad última de aquél que medita sobre la muerte. En el albero, desde el tendido. Desasimiento del que la descubre para, al final, decir: “¿Y esto era todo?”. ¿No es, al fin y al cabo, la tauromaquia un arte engendrado por el valor, el orgullo y el desdén?.
Foto: J.B.

martes, octubre 28, 2008

Sobre un texto de Jorge Guillén (Gómez de Lesaca)

Copio el e.mail recibido de Gómez de Lesaca:
"Tras haber leído lo escrito por el Papa Negro, incluido el poema de García Lorca, creo interesante recordar lo que nos cuenta Jorge Guillén:
"Rafael Alberti fue el poeta preferido de Sánchez Mejías. En la tradición de un Pepe Hillo, de un Francisco Montes. Cuyos tratados sobre el arte de torear se desenvuelven a modo de artes poéticas, Sánchez Mejías juzgaba paralelos a Belmonte y Lorca, a Joselito y Alberti: los primeros, con su poderoso “yo” romántico, triunfan magníficamente, irregularmente, mientras los otros dos, atentos a las esencias y a las formas, se atienen con todo rigor a las condiciones de la lidia".
Por su parte, Federico García Lorca decía que Juan Belmonte poseía un duende barroco, de igual manera que Lagartijo tenía un duende romano, a Joselito un duende judío y Cagancho un duende gitano.
Reciban ustedes un cordial saludo de su lector, Gómez de Lesaca."