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jueves, noviembre 15, 2012

"¡Eso es un toro, eso es un toro!"

Al final de la corrida, una conmoción recorrió los tendidos. Pienso que todos teníamos un nudo en la garganta. El toro, que ya había sido aclamado por su trapío al saltar a la arena, se resistía a morir de la estocada, su casta le aferraba a la vida, pugnaba por embestir. Antonio Rojas, que ya tenía ganado el triunfo, permanecía arrogante, junto a aquella cabeza de exposición, dos guadañas aceradas, que había sabido salvar en 30 pases de escalofrío. Entre la ovación restallante, surgió entonces de los magníficos aficionados de la andanada del 8 el clamor que ponía en lo alto la bandera de la verdad de esta fiesta y magnificaba el triunfo del torero: «iEso es un toro, eso es un toro!». Al instante, toda la plaza, ¡toda!, repetía el grito: «¡Eso es un toro, eso es un toro!». Tres matadores modestos, tres matadores que no tienen ni oportunidad de vestirse de luces, le echaron ayer el valor de salir al ruedo de Las Ventas a ponerse delante de una corrida de toros muy seria, tanto como se ha venido pidiendo; una de esas corridas de toros que, según dicen los del «bunker», no existe; una corrida de toros que ni por casualidad remota ha pasado por los corrales de la plaza en esos desfiles de reses a docenas que intentan trampear las figuras para sorprender la buena fe de aficionados, veterinarios y autoridad.
Joaquín Vidal ( de la crónica de la corrida celebrada en Las ventas el 27/5/1976. Toros de Luciano Cobaleda para Dámaso Gómez, El Puno y Antonio Rojas)
Foto: Toro de Luciano Cobaleda de 1979 (vía Recortes y Galleos)
A esta crónica también se hace referencia en el Opus 17 de Tierras Taurinas dedicado al encaste Vega-Villar

martes, febrero 19, 2008

Dámaso Gómez, torero de culto (Jorge Laverón)

Dámaso Gómez es torero de culto. Ídolo de dos aficiones tan singulares como la de Madrid y la de Barcelona. En el Monumental coso de la Avenida de les Corts de Catalunya, tomó la alternativa en 1953 de manos de Domingo Ortega, otro mito.
El torero de Chamberí, el castizo barrio madrileño, tardó mucho tiempo en tener el reconocimiento de sus paisanos. Fue en 1966 y con toros de Miura. En los años setenta, su poderío ante los siempre peligrosos toros de Lora del Río lo consagró en Las Ventas.
Dámaso Gómez, afincado en Salamanca, donde es una pura leyenda por su extraordinaria forma de tentar, de torear a campo abierto. Se cuentan de él tantas historias, que de pura verdad parecen mentira.
Dámaso, torero largo y completo. Una serie de verónicas en Las Ventas, una tarde otoñal, quedó grabada para siempre en la mente de los más viejos aficionados. Sus pares de banderillas por los adentros, encerrado en tablas, a lo Sánchez-Mejías, el torero de García Lorca, son páginas de la historia taurómaca.
El toreo al natural de Dámaso Gómez, sencillamente, eso: natural. Su última tarde en Madrid, con el pelo blanco como el de su maestro Ortega, fue un compendio de una tauromaquia única.
Torero de culto. Torero de sabios de Salamanca, Madrid y Barcelona.
Jorge Laverón (El País, 5.06.2007)
Nota: copio un comentario de LUPIMON:
¡Qué TORERAZO!
En Las Ventas: 62 toros de 18 ganaderías en 29 corridas, con una salida a hombros (corrida de la Prensa del 71, mano a mano con Chanito, toros de Victorino), 9 orejas (3 a Murteira, 2 a Victorino, otras 2 a Moreno Yagüe, 1 a Miura y otra a Miguel Zaballos), 19 vueltas (cuando había vueltas y tenían más valor que cualquier oreja actual), 2 cogidas … ¡qué tiempos! y ¡que vergüenza torera!LUPIMON
Foto:La fotografía nos la manda LUPIMON y corresponde a la tarde de la alternativa de Dámaso Gómez: Barcelona, 25/may0/53, con el toro Bombonero, nº 7 de D. Alicio Tabernero de Paz. Padrino, Julio Aparicio; Testigo, Manolo Vázquez

Justicia para Dámaso Gómez (Joaquín Vidal)

La fotografía nos la manda LUPIMON y corresponde a la tarde de la alternativa de Dámaso Gómez: Barcelona, 25/may0/53, con el toro Bombonero, nº 7 de D. Alicio Tabernero de Paz. Padrino, Julio Aparicio; Testigo, Manolo Vázquez.
Aquí va el texto de Joaquín Vidal que nos hizo llegar el papa negro.
Justicia para Dámaso Gómez
En la temporada de su despedida
JOAQUIN VIDAL 11/01/1978
Dámaso Gómez ha anunciado que se retira del, toreo. Su proyecto es despedirse de las aficiones con mayor solera, solemnizar el adiós en las plazas donde dejó los mejores recuerdos. Sólo falta que los empresarios estén dé acuerdo. Siempre los empresarios. Estos suelen decir que ofrecen lo que el público pide, pero muchas veces el público pide, y pide, y pide, y se encuentra como respuesta con lo que llaman «nuevos valores»: no otra cosa que los muy contados toreros objeto de lanzamiento comercial por parte de los propios empresarios. Una cadena sin fin.
Un torero que se despide, veterano de muchas guerras frente al torazo con redaños, con veinticinco años de alternativa a las espaldas, es siempre noticia, y es cantada cabecera de cartel para todo aficionado y para cualquier público con mediana sensibilidad taurina. Si los empresarios lo ven así, Dámaso Gómez podrá hacer realidad su proyecto y a su vez -al final, muy al final, como siempre- de alguna manera se le hará justicia, pues ha vivido (sobrevivido, diríamos mejor) muchas temporadas de lucha contra el ganado más fiero, por un dinero no precisamente brillante. En estas circunstancias habría resultado lógico que Dámaso diera la imagen del legionario del toreo desmelenado, lidiador a la desesperada, desmadejado por los mil miedos de la muerte vista tan de cerca.
Pero Dámaso siempre fue el contraste de toda lógica, en los ruedos sobre todo, que los pasea, ante el tremendo toraco cornalón y de sentido, como el que toma el sol por la Casa de Campo, y porque le parece bien le dice algo a uno de barrera a quien ni conoce -«ahora vas a ver torear al natural, macho»-, y liga un muletazo con otro, tan relajado que se diría que los da a la brisa ventera, en lugar de a la mole que empuja dos puñales de punta diamantina. O aparece un balón botando por la arena y lo toca de tacón para empalmar con un tiro al tendido, en una especie de taurofútbol, como ya ocurrió una vez en, la Monumental de Madrid.
En este coso, la afición ha aclamado al chamberilero Dámaso por sus dotes de lidiador; por sus pares de banderillas, de poco arte y mucho arrojo; por su dominio con la muleta; por la emoción de su incomprensible impavidez ante el peligro; por su vergüenza torera, en suma. La afición de Madrid siempre le hizo justicia. Ya es hora (última hora, al cabo, en la vida artística de un torero recio) que a otras aficiones les den las empresas la oportunidad de hacerle justicia también.