“El
toro debe imponer su fuerza y su casta, pero hoy los toreros deben
mimarle y las ganaderías están en caída libre. Antes, había una
gran diversidad de encastes y todos embestían: Santa Coloma, Núñez,
Atanasio... Hoy todo es uniforme. Los ganaderos intercambian su
sementales y venden en pública subasta los toros indultados. Jamás
vi un toro tan pequeño y con tan poca fuerza como el que fue
indultado en Sevilla... Es cualquier cosa”. Lo mismo ocurre entre
los toreros: ¿dónde están las grandes personalidades de antes,
como Belmonte, que atraía a la intelectualidad de su tiempo, o
Manolete, Dominguin, Ordóñez y El Cordobés, que encarnaban, con
razón, a los iconos de su época, al mismo nivel que las estrellas
de Hollywood que atravesaban el Atlántico, para fotografiarse en su
compañía? Esta pérdida de aura, Ojeda lo explica sin dificultad:
“No se aprende a torear. Aprendemos a dar pases, pero no a sentir
el toreo. Lo que tú haces de manera natural, es lo que harás toda
tu vida. Tu intuición y tu inteligencia dictan tu toreo. Y debes
servirte de eso para llenar el espacio. Hay que torear como somos”.

