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jueves, febrero 09, 2017

Rafaelillo en la corrida de Mondoñedo de Bogotá

Rafelillo, cabeza de cartel y confirmante a la vez, ofició como director de lidia de una forma que ya hemos anotado como inolvidable. Estuvo al frente en todos los tercios de varas, arreando a la caballería cuyos desatinos de brida fueron el lunar de una tarde casi perfecta. Del mismo modo, dirigió cuatro veces la brega de los toros de sus compañeros en el complejo segundo tercio, cuyos pares no habrían sido posibles sin la dirección del murciano.

En la muleta ofreció ya un recital de sinceridad, exponiendo la dificultad de su lote mas sin voltear la cara nunca. La faena a su segundo, el gran Canciller, logró conmocionar a toda la Santamaría pese a contar con la imposibilidad de ligar. Cruzado siempre en el sitio donde arden los pies, sin rehuir a las coladas de un toro cortante, Rafaelillo puso bocabajo al coso tutelar de Colombia y oyó durante la faena dos veces los gritos de "¡Torero, torero!" por una actuación donde la épica del valor se materializó de forma impresionante. Era torear sin siquiera haber presentado la muleta. Era exponer las lidias más antiguas, la emoción del unipase correcto, profundo, con sitio de valiente. En especial un derechazo y un natural de vuelos desmayados cobraron los olés más fuertes de lo que iba de la temporada capitalina, puesto que contuvieron una pureza que recordó a su faena madrileña al Injuriado de Miura. Lo mismo en la capa y su abrirse con doblones en el primero, lo de Rafaelillo fue una bocanada de toreo antiguo en un país que nunca vivió la tauromaquia del siglo XIX.
Pongamos de presente, por ejemplo, solo un hecho para explicar su tarde: al bronco y fiero primero lo mató en los medios de la plaza, con los peones armados de capa y listos para la carrera desde los burladeros. Tragar así, en un sitio donde pesa tanto el toro de Bogotá, es suficiente para argumentar a favor del derroche de valor de Rafaelillo.

Al irse por su propio pie al final de la corrida, la afición capitalina volvió a vitorearlo. Se fue con una oreja de peso en honor a su labor en conjunto toda la tarde, luego de lidiar el lote más áspero del festejo y de arrear a sus propios compañeros con un desinterés de maestro. ¡Qué lidiador! ¡Qué conocedor de un encaste que jamás había lidiado en América! ¡Qué forma de entrar a nuestra plaza!

Descabellos – aquí la crónica-
Foto: Fiesta del Toro





miércoles, febrero 08, 2017

Un oasis de seriedad y tauromaquia


¿Crisis del toreo? Pues algunos ya me dirán que no tiene sentido una tauromaquia simplemente basada en el derroche de valentía, ante toros imposibles, entendimiento arcaico del ritual. Sin embargo, yo hablo de una conjunción tan difícil de suceder en corridas mediocres, donde el toro peca por su ausencia. La reconstrucción de la afición, la salida de su crisis, parte por entender que el toreo moderno deshonra al toro, le reduce a su mínima expresión, en una interpretación maniquea donde el toro debe colaborar con el torero y no, en su naturaleza, luchar por sus pagos y su vida. Crisis que por demás sustenta cierto animalismo aficionado que busca la reducción del castigo, en un afán de defensa del toreo, pero que desconoce y al tiempo caricaturiza al toro, lo vuelve un actor de reparto, inherentemente secundario, en una lucha donde su combatividad le hace protagonista.
Una corrida tan rematada como la de ayer es un oasis de afición y la Plaza de la Santamaría ayer fue un oasis de seriedad y canon, ante una temporada latinoamericana llena de mediocridad, triunfalismo y bufonería. Una revelación incómoda para algunos de una tauromaquia de dominio y valor, de técnica y saber, que revela el engaño del postureo en los toros. Ayer, cuando las verdades se revelan simples, yo sólo vi la materialización de las palabras de don Domingo Ortega, una Plaza vibrando de otra forma y cinco razones suficiente para sobrevivir esta afición a punta de mondoñedos.

martes, febrero 07, 2017

¡Mondoñedo, Mondoñedo!

Al caer el quinto de la tarde, el vareado y bravo Greñudo, se habían desplomado todas las tesis de la tortura. Muchos de nosotros estábamos ya al límite de lo posible, totalmente rotos ante uno de los mejores encierros en la historia de la plaza, combativo y digno como nunca lo será ningún torturado del mundo. En esa iluminación, el aficionado que ocupó poco menos que medio aforo de la plaza no podía sino estar hecho añicos. Porque, fundamentalmente, el toreo también supone una suerte de desgaste emocional, un arder del espíritu, una paliza para el cuerpo emocionado, lleno de una luz inexplicable. De pie estábamos con las manos rotas de aplaudir, hinchadas o con hematomas y con la voz ida de gritar, de vitorear a Mondoñedo y a los toreros, fuere de oro o plata.

Es decir, con el espíritu totalmente agotado, sin un "más allá" posible ante la rotundidad de un encierro con cinco toros ovacionados en el arrastre, con las emociones de la lidia pura y el toreo del XIX, nueve varas aplaudidas a rabiar, listos para recibir al sexto tranquilamente, sin la pretensión, insistamos, de ninguna historia más allá de lo vivído con Greñudo y su alma encastada, con su revolverse como fiera furiosa en la muleta de un valiente, su forma de comerse al caballo y pedir más banderillas ante seis capotes desplegados, su forma de tragarse la muerte pese a tener dos estocadas adentro, momento culmen del festejo en cuando a dimensión religiosa de la bravura.

Pero salió Tocayito.
Plantada la pezuña en la arena, obnubilando con su estampa a la afición más entendida del continente,  Tocayito remató en el burladero de matadores arrancando de un cuajo la tapa superior del tablero y poniendo en pie de inmediato al personal. El derrote había retumbado en toda la plaza, con un sonido de fiereza emocionante. Entonces, hablo por mí, no sé de dónde salió esa fuerza, ese fuego para seguir aplaudiendo sin dolor con las manos totalmente rotas, ese gritar con una voz que había vuelto, locos ante la bravura en varas del toro más completo de la temporada colombiana. Vi prácticamente toda la lidia del sexto de pie, remontado no ya en una ola de emoción sino casi de religión pura, al borde de las lágrimas. El cinqueño, hocico adelante con honor, acudió alegre en varas y metió riñones sinceramente, comiéndose entero un largo puyazo de Clovis Velásquez en medio de la ovación unánime y la protesta con cuatro pitos de los menos entendidos, minoría absoluta en una plaza que daba gloria de ver en dicho día por su gravedad.

Y es que se estaban ovacionando tercios de varas en la gran fiesta americana, la misma que pasa como castiza ante su par europea. Se le gritó tres veces "torero" a un lidiador que no ligó una sola serie pero peleó de tú a tú con un reservón y poderoso cuarto, resucitando las tauromaquias más añejas. Y es que se reivindicaron con carteles y gritos las tauromaquias más ortodoxas en el mediodía de un continente que pasa como plebeyo, festivo, ignorante de los significados rituales. Los gritos de "¡Mondoñedo, Mondoñedo!", explicaron con suficiencia cómo es que América sí puede albergar una fiesta culta, que trae de los campos  sus animales más fieros y presentados para oponerlos a los lidiadores más capaces.

Salimos de la plaza totalmente llenos de luz tras esperar cinco años para vivir nuevamente la corrida identitaria de una afición capitalina, cuyos elementos más fanáticos giran en torno a Mondoñedo y la Santamaría.
(…)

En un punto, la plaza rugió con fuerza gritando "¡Mondoñedo, Mondoñedo!", mientras el ganadero, don Gonzalo Sanz de Santamaría, se secaba las lágrimas, acaso recordando a su padre, por el que los seis toros de ayer embistieron, defendiendo el honor de una afición perseguida sin cuartel. Una defensa que ha hecho de su bravura una religión para nosotros.
Nunca el toreo en Bogotá fue tan grande. 

Descabellos – aquí lo crónica completa -




viernes, diciembre 27, 2013

Sobre la corrida de Mondoñedo en Cali

Oyendo las reacciones después de las corrida, ciertas vertientes tachaban a la corrida de tosca, de desclasada, de falta de alegría. Y por otro lado, algunos la exaltaban por pavorosa, por seria, por verdadera. Acertadamente, se reivindicaba el miedo como ingrediente fundamental de la Fiesta Brava. Porque el miedo viene con una emoción única, un halo especial que cubre el ruedo y hace que hasta el más farolero no pueda quitar los ojos del ruedo. Desde el día antes de la corrida le decía a dos veterinarios de la Plaza de Cañaveralejo que cuando un Toro salta a la arena, la Plaza respetuosamente calla o aplaude enardecida al grito de ¡Toro! Cuando salta un novillo, el público pita, se enbronca y le llama a la madre hasta del chino de las puertas. Y siendo así, cuando saltó Bienvenido, lidiado en 4to. lugar con 568kgs., la Plaza hizo ¡Uhhh! y se empezaron a escuchar los aplausos, algo que no debería ser la excepción sino la regla. Bienvenido iba de largo, con potencia, se quería comer el capote de Castaño y cuando llegó la suerte de varas, este Mondoñedo demostró lo que tenía imponiendo su ley, ante 3 picas con 2 tumbos.
(...)
 eso que ahora muchos quieren clasificar como aspereza, falta de alegría y toreabilidad, exceso de miedo, es lo que le falta a esta Fiesta tan estúpida a veces. El torear no se ha planteó nunca como dar pases, cual si se jugara con el perro de la casa, que va tras una tela, queriendo morderle. El toreo se ha planteado siempre como la lucha mortal entre un toro y un torero. La bestia pavorosa, a primera vista más apabullante que el hombre, se ve enfrentada y burlada por la sapiencia torera de un hombrecillo de a pie. Es más,en el Diccionario de nuestra querida lengua, la 2da. acepción  de Lidiar dice “batallar, pelear” y la 3ra. dice “Hacer frente a alguien, oponérsele”. Si estar frente al toro hubiese sido cómodo, el verbo lidiar jamás hubiese cargado esos significados, es más, jamás hubiese existido en nuestro idioma. En ese orden, decir “dureza” es más bien un adjetivo paliativo hacia una condición que debe ser intrínseca de la Fiesta Brava, eso que la constituye y la encumbra en la más grandes de las artes.
(...)
 toros bravos. Pero no la bravura de nuestros tiempos, alegrona, bobalicona y exceso afable. Esa dichosa bravura “dura”, que exige hacer el toreo. Al final comprendí, más que nunca, que es la misma bravura de siempre, que ahora tratamos de llamar dura, pero que no es más que el instinto más poderoso del Toro de Lidia.

Abadía Vernaza (Aquí el post completo)

martes, febrero 19, 2013

Sobre la corrida de "homenaje de la ganadería de Mondoñedo a la afición"



 Una corrida de toros, con todas sus letras, vimos ayer a las afueras de Bogotá, en una pequeña plaza de toros recién construida cerca de Subachoque. El evento: “Homenaje de la ganadería Mondoñedo a la afición de Bogotá”.
(...)
Si el sábado en Medellín vimos mucho torero y poco toro, este domingo vivimos la esencia de esta fiesta: el toro bravo. Mondoñedo demostró otra vez que sí es posible presentar una corrida con trapío (más de 500 K en promedio), bien armados y muy parejos en su juego. Los 4,000 asistentes agradecimos, emocionados, la seriedad del encierro: su pelea en varas; su dignidad para morir; el respeto infinito que infunde su presencia.
  en "Toros , literatura y más"

Encastados toros, y bravos, los siete de Mondoñedo que saltaron al ruedo en la placita de Puente Piedra, cerca de Subachoque, en la corrida de "homenaje a la afición" que dieron los ganaderos Fermín y Gonzalo Santamaría. Salieron siete toros, porque el segundo se partió una mano de salida y hubo que apuntillarlo. Pero tan bravos que, por primera vez en muchos años, el tercio de varas fue en dos ocasiones más largo que la faena de muleta.(...)
 Muy buenos toros, pues, que en la fiesta de los toros son lo más importante.
Antonio Caballero en El tiempo 
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Nota añadida: Escribe Abadía Vernaza:
 Yo no sé ustedes, desconocidos lectores, pero la tauromaquia tiene sentido si inspira respeto y admiración, como cualquier arte. Pero también, al ser una tragedia debe inspirar miedo. Miedo a la muerte presente. La habilidad del hombre para aplacar su miedo y superar a un animal, a todas luces más poderoso, es el valor del toreo. En esta tarde se respiraba miedo y respeto. 

viernes, enero 18, 2013

Corrida para la afición en Mondoñedo

El próximo 17 de febrero, a las 3:00pm, se celebrará una especialísima corrida de toros en la Hacienda La Holanda, donde pasta este respetado hierro. Para esta corrida el ganadero ha reseñado los mismos animales que iban a la no celebrada Temporada Taurina 2013 en Bogotá. Así es, lo que iba para la Santamaría será lo que se verá. El cartel estará compuesto por Eduardo Gallo, quien se ha curtido en España y triunfó en Manizales de la manode Mondoñedo, y por Colombia, Paco Perlaza y Ramsés Ruiz, quienes saldrán a demostrar sus arrestos antes estos Toros. 
 ¡Viva la verdadera Fiesta Brava!
Abadía Vernaza (les enlazo al post en que recoge toda la información sobre la corrida) 

martes, febrero 07, 2012

Sobre la corrida de Mondoñedo en Bogotá


 la más grande corrida de TOROS vivida en los últimos años, y sin mucho miedo a exagerar, tal vez, la más verdadera que he presenciado en mis años de aficionado.
 Emocionado hasta las vísceras porque durante dos horas y pico todo esto de la tauromaquia volvía a tener sentido. Por muchas tardes, todo fue sopor, indignación y aburrimiento. Tardes tristes, esperando, soñando con un encierro que parecía que nunca iba a llegar. Añorando una ilusión que no parecía se real. Pero lo fue. Mondoñedo nos devolvió la esperanza, la afición, el sentido de la Fiesta Brava, el respeto hacia el TORO Bravo. Por dos horas y pico, Bogotá se entregó a una corrida que, a pesar de los miles de asientos libres, los que creímos y seguiremos creyendo en esto nos debemos sentir privilegiados.
Y allí estaba Luis Bolivar. Copio el relato que haze Abadia de la lidia del 4º toro:
  Un castaño quemado, 530 kilos, casi 5 años, ¡un varón! Es que sólo este animal pagará todas las chotadas que me he chupado y me alimenta la afición por muchos años más. Salido de chiqueros la Plaza se pusó en pie a aplaudirle. Bolívar sabía que hay estaba el TORO. Lo capoteó con dominio y deteniendo ese tren de carga. Bien llevado al caballo, se vivió una pelea única. Sin miramientos, se fue sobre el caballo, metió la cabeza, levantó sus patas por encima de la mona con el rabo erguido en una estampa perdida de la suerte de varas. El picador,- mérito propio, logró mantener la cabalgadura y pelear con el mono. Aplaudida esta suerte, el del caballo se descubrió la cabeza y estábamos extasiados. Al menos yo. Como la constante, en los palos había miedo y respeto. Bolívar trasteó él mismo a su animal, era suyo. Tres palos en lo alto y el caleño salió a torear montera en su cabeza. Bravura vs. torería. Las primeras tandas fueron buenas, pero pronto el mono se fue encima del moreno. Desmonterado, Bolívar empezó a sudar y TORO a aprender, exigía una mano MUY dura. Yo al quinto muletazo ya estaba entregado a la embestida de este castaño. Su embestida era genuina, como su arremetida al caballo. La cara abajo, besando la arena de la Santamaría. Su rabo arriba, sacudiéndolo con alegría. Para mi, y si no estáis de acuerdo nos vamos a los golpes (no mentira, ni pa’ tanto) era un animal de indulto. No tenía que ver más. Su trapío, su alegría a la salida, su poder, se pelea en varas, se peligro en banderillas, como humillaba en la muleta… I loved you, mono. 4 real. El animal, exhausto y con una pelea a muerte, se entregó. Bolívar tampoco quiso dar más. ¿Faltaron muletazos para el indulto? No creo, al menos yo ya lo pedía. La pelea se diluyó, ni público ni Presidencia otorgaron algo, pero el TORO había pasado por ahí. Eso me importa más. Lo había visto. Bolívar, una oreja larguísima. Las contradicciones de la Fiesta.
Nota: Mientras, El Juli "triunfaba" en México
Nota añadida: Así hablan de la corrida en "toros, literatura y más"